Llevaba tres días ignorando llamadas, acreedores, periodistas, antiguos socios, todos queriendo un pedazo de su carne. El contestador automático se activó y la voz de su hermana Lorena Santillán llenó la oficina. Rodrigo, soy yo. Mamá y yo hemos estado pensando y creemos que es mejor que no vengas a la Casa de Valle de Bravo este fin de semana.
Los vecinos están haciendo preguntas y sabes cómo es la gente en el club. No queremos que el apellido Santillan se vea más manchado de lo que ya está. Espero que entiendas. Cuando todo esto pase, hablamos. Cuídate. Rodrigo dejó escapar una risa amarga que rápidamente se transformó en un soyo. Seco. Su propia familia lo había abandonado.
Su madre, Refugio Montemayor de Santillán, la misma mujer que presumía de su hijo exitoso en cada evento social, ahora se avergonzaba de él. Un llanto agudo atravesó las paredes de la oficina. Sebastián, su bebé estaba llorando en la habitación contigua que había habilitado como nursery temporal. Rodrigo se tambaleó hacia allá, el whisky y la desesperación nublando sus sentidos.
Al abrir la puerta, encontró a su hijo con el rostro enrojecido, los puños apretados reclamando atención. Sh, pequeño, papá está aquí”, murmuró Rodrigo levantando al bebé con torpeza. “¿Cuándo fue la última vez que había alimentado a Sebastián? Esa mañana, la noche anterior, los días se habían convertido en una nebulosa de alcohol y desesperación.
Buscó en la pañalera vacía. No quedaban biberones preparados, no quedaba leche en polvo, no quedaban pañales limpios.” Rodrigo abrió su cartera de piel italiana. Tres billetes de 100 pesos. 300 pesos era todo lo que le quedaba en el mundo. Un golpe en la puerta lo sobresaltó. Se tensó, temiendo que fueran los agentes de embargo que habían prometido regresar, pero la voz que escuchó era suave, tímida, casi disculpándose por existir.
Don Rodrigo, soy Valeria de limpieza. Escuché llorar al bebé y traje algunas cosas. Rodrigo abrió la puerta con brusquedad. listo para despedir a quien fuera, pero se detuvo al ver a la joven mujer frente a él. Valerias y Fuentes. Romero tenía 28 años, aunque su rostro mostraba la madurez de quien había conocido la lucha desde temprana edad.
Su cabello castaño oscuro estaba recogido en una coleta simple y sus ojos color miel lo observaban con una mezcla de compasión y determinación que lo desarmó completamente. Vestía el uniforme azul marino de limpieza del hotel. gastado, pero impecablemente limpio. En sus manos sostenía una bolsa de tela con provisiones, dos latas de leche en polvo, un paquete de pañales, toallitas húmedas y algunos frascos de papilla.
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