Rodrigo, hasta mañana, Valeria. Dale un beso a Sebastián de mi parte. Colgó antes de que ella pudiera responder, su corazón latiendo con una mezcla de anticipación y nerviosismo. Al día siguiente, Rodrigo regresó a Tulum con una claridad mental que no había tenido en años.
Isabela había sido un capítulo de su vida, uno que ahora cerraba definitivamente. Su familia había mostrado su verdadero rostro, eligiendo el estatus social sobre los lazos sanguíneos. Pero en ese pequeño departamento en Tulum lo esperaba su verdadera familia, no la que compartía su sangre, sino la que compartía su vida, sus luchas, sus victorias. Cuando abrió la puerta, encontró a Valeria y Sebastián jugando en el suelo.
El niño corrió hacia él gritando, “¡Papá!” con esa alegría pura que solo los niños conocen. Rodrigo lo levantó abrazándolo fuerte y miró a Valeria por encima de la cabeza de su hijo. Ella lo observaba con ojos brillantes, como si pudiera leer todo lo que había pasado en su expresión. “Bienvenido a casa”, dijo simplemente.
Y Rodrigo supo con absoluta certeza que había encontrado exactamente donde pertenecía. No en un penthouse lujoso, no en una oficina de millonario, no en el mundo superficial que había perdido, sino aquí, en este espacio modesto, con las personas que lo amaban por quien realmente era. Esta era su verdadera riqueza y nadie nunca podría quitársela.
Tres semanas después del encuentro con Isabela, Rodrigo recibió por mensajería los documentos del divorcio. Los revisó meticulosamente con la ayuda de un abogado que Heriberto Mendoza le había recomendado. Todo estaba en orden. Isabela renunciaba a cualquier derecho sobre Sebastián.
No reclamaba pensión alimenticia ni división de bienes inexistentes y solicitaba que el proceso fuera expedito. “Es inusual ver un divorcio tan limpio”, comentó el licenciado Armando Benavides mientras revisaba las cláusulas. “Generalmente hay peleas por custodia, por dinero, por propiedades. Aquí ella básicamente está diciéndote, “Quédate con todo y déjame ir.
No hay nada que dividir y ella ya encontró su próxima fuente de ingresos”, respondió Rodrigo con amargura residual. “Bueno, firme aquí y aquí. En tres meses será oficialmente divorciado.” Rodrigo firmó con una mezcla de tristeza por el fracaso de su matrimonio y alivio por cerrar ese capítulo definitivamente. Cuando salió del despacho legal, llamó a Valeria. “Ya está hecho.
Firmé los papeles. ¿Cómo se siente? extrañamente ligero, como si hubiera soltado una carga que llevaba arrastrando sin darme cuenta. ¿Quiere que prepare algo especial para cenar? ¿Una celebración pequeña? No es algo que celebrar, Valeria. Un matrimonio terminó, pero una nueva etapa comienza. Eso sí vale la pena reconocer.
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