“Yo yo no pedí nada”, balbuceó Rodrigo, su orgullo aún resistiéndose a aceptar caridad. “Lo sé, señor, pero el niño tiene hambre. Puedo escucharlo desde el pasillo,” respondió Valeria entrando sin esperar invitación. Tomó a Sebastián de los brazos de Rodrigo con una naturalidad que evidenciaba experiencia. Tranquilo, pequeñito. Valeria está aquí.
El bebé se calmó casi instantáneamente contra el pecho de la joven, como si reconociera en ella algo que su propio padre no podía darle en ese momento. Paz. ¿Por qué haces esto?, preguntó Rodrigo, su voz quebrada. Todos se han ido. Mi abogado, mi familia, mis amigos, los empleados. Ayer despedí a los últimos seis trabajadores porque no puedo pagarles.
¿Por qué tú te quedas? Valeria preparó un biberón con manos expertas mientras mecía a Sebastián. No levantó la vista cuando respondió, “Porque nadie merece quedarse solo, don Rodrigo, y mucho menos un bebé inocente. Mi salario del mes pasado aún no me lo han pagado. Son 4,500 pesos que probablemente nunca veré. Pero eso no significa que deba abandonar a quien me necesita.
No tengo cómo pagarte. No tengo nada. En dos días me quitarán hasta esta oficina. No estoy pidiendo pago dijo Valeria firmemente, ahora mirándolo directo a los ojos. Estoy haciendo lo correcto. Rodrigo se dejó caer en el sofá de cuero, observando como esa mujer humilde, a quien apenas había dirigido la palabra en los tres años que llevaba trabajando en limpieza, alimentaba a su hijo con una ternura que él mismo había olvidado cómo dar. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, lágrimas que había contenido durante
meses de pesadilla. Lo he perdido todo, Valeria, todo. Y lo peor es que lo peor es que me lo merecía. Valeria no respondió de inmediato. Terminó de alimentar a Sebastián, lo cambió con los pañales que había traído y lo acostó en la cuna portátil. Solo entonces se sentó frente a Rodrigo, manteniendo una distancia respetuosa pero presente.
Tal vez sí, tal vez no, don Rodrigo. No soy quién para juzgar, pero le diré algo que mi abuela Amelia me enseñó. Cuando caemos hasta el fondo, solo hay dos opciones. Quedarse ahí llorando por lo perdido o usar el fondo como impulso para saltar más alto de lo que jamás estuvimos.
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