¿Y cómo se supone que salte? No tengo trabajo, no tengo dinero, no tengo casa. En 48 horas estaré en la cárcel si no pago deudas que no puedo pagar. Entonces usemos estas 48 horas sabiamente, respondió Valeria con una determinación que iluminó su rostro. Usted conoce este negocio mejor que nadie. Conoce a la gente, conoce los hoteles, conoce la industria.
Lo que perdió fueron edificios y cuentas bancarias, pero el conocimiento sigue aquí. dijo tocando su 100. Eso nadie puede embargarlo. Rodrigo la observó como si viera a Valeria por primera vez. Durante tres años ella había sido invisible para él, solo una más de las empleadas que limpiaban sus oficinas.
Ahora, en su momento más oscuro, era la única luz que quedaba. ¿Por qué eres así? Susurró Valeria. Sonrió con tristeza. Porque yo también lo perdí todo una vez, don Rodrigo, y cuando estuve en el fondo, una persona me tendió la mano sin pedir nada a cambio. Por eso estoy aquí, para tenderle la mano que alguien me tendió a mí.
Afuera, el sol comenzaba a ocultarse sobre el Caribe, tiñiendo el cielo de naranjas y púrpuras. En otras circunstancias, Rodrigo habría estado en su yate celebrando otro día exitoso. Ahora, sentado en una oficina que pronto no sería suya, con solo 300 pesos en el bolsillo y un futuro incierto, descubría algo que todo su dinero nunca pudo comprar.
La bondad desinteresada de un corazón noble. Valeria, dijo finalmente su voz más firme, si aceptas ayudarme, te prometo que cuando salga de esto, cuando reconstruya mi vida, nunca olvidaré lo que estás haciendo. No quiero promesas, don Rodrigo. Solo quiero que ese niño crezca con un padre que esté presente. Eso es suficiente recompensa para mí.
Esa noche, mientras Sebastián dormía pacíficamente y Rodrigo revisaba documentos buscando alguna salida legal a su pesadilla, Valeria se quedó ahí sentada en silencio, sin pedir nada, sin esperar nada, simplemente estando presente en el mundo de Rodrigo Santillán, donde todo tenía un precio y cada relación era una transacción. Valerias y Fuentes era una anomalía.
Y quizás, pensó él mientras observaba a esa mujer humilde que lo había salvado cuando nadie más lo haría. Quizás esa anomalía era exactamente lo que necesitaba para recordar como ser humano nuevamente. El reloj marcó la medianoche. Quedaban 47 horas antes de que su mundo terminara de derrumbarse, pero por primera vez en meses, Rodrigo no estaba completamente solo.
Y eso, descubriría pronto, hacía toda la diferencia. El amanecer llegó demasiado pronto, filtrándose entre las persianas de la oficina que había sido el centro de operaciones del Imperio Santillán. Rodrigo no había dormido. Pasó toda la noche revisando contratos, estados de cuenta, documentos legales, buscando desesperadamente algún resquicio, alguna propiedad que hubiera quedado fuera del embargo, alguna cuenta bancaria que Germán Villalobos no hubiera saqueado.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
