Don Heriberto lo espera en la terraza. Eriberto Mendoza era un hombre imponente de 62 años, cabello completamente blanco, traje italiano que probablemente costaba más que un automóvil compacto. Estaba sentado en la terraza con vista al mar Caribe, fumando un puro cubano y revisando documentos. Rodrigo Santillán, dijo sin levantarse ni ofrecer su mano.
Siéntate, tenemos mucho de qué hablar. Rodrigo se sentó manteniendo la compostura a pesar del nudo en su estómago. Iré directo al grano, Santillan. Tu imperio se derrumbó. Germán Villalobos te dejó con deudas imposibles de pagar y una demanda criminal que podría meterte en la cárcel por 10 años. Los bancos quieren tu cabeza, los inversionistas quieren tu cabeza y el gobierno quiere hacer de ti un ejemplo para otros empresarios.
Si me citó para recordarme mi situación, don Heriberto, estoy perfectamente consciente de ella. Cállate y escucha”, ordenó Mendoza con voz cortante. No viniste aquí a hablar, viniste a escuchar una oferta y créeme cuando te digo que es la única que vas a recibir. Rodrigo apretó los puños bajo la mesa, pero guardó silencio.
Tengo los recursos para pagar tus deudas, los 120 millones que le debes al fisco, los 80 m000ones a los bancos, las demandas civiles, todo. Puedo hacer que esto desaparezca y que salgas libre de cargos criminales. ¿Y qué quiere a cambio? Mendoza sonrió. Una sonrisa de tiburón que mostró dientes demasiado blancos para ser naturales. Quiero tu expertize. Quiero que trabajes para mí durante 5 años como director de operaciones de mi división hotelera.
Salario de 100,000 pesos mensuales, sin bonos, sin prestaciones extraordinarias. Trabajar 6 días a la semana, 10 horas diarias. reportarás directamente a mí y solo a mí. Eso es esclavitud moderna, masculló Rodrigo. Eso es una oportunidad, la única que tienes. Rechaza mi oferta y en 24 horas estarás usando uniforme naranja en el penal de Cancún.
Acepta y podrás reconstruir tu vida, cuidar de tu hijo y, ¿quién sabe? Tal vez en 5 años tengas suficiente para empezar de nuevo por tu cuenta. ¿Por qué haría esto por mí? Somos competidores. Éramos competidores, corrigió Mendoza. Ahora eres un hombre quebrado con conocimientos valiosos. Puedo contratarte a una fracción de lo que valías antes.
Para mí es un negocio redondo. Para ti es sobrevivir. Así de simple. Rodrigo sintió la Billy subir por su garganta. 5 años trabajando para el hombre que siempre había sido su rival por un salario que antes gastaba en un solo viaje. Pero la alternativa era la cárcel, era perder completamente a su hijo, era el fin de cualquier posibilidad de redención.
“Necesito tiempo para pensar.” “No hay tiempo,”, interrumpió Mendoza sacando un contrato de su maletín. “Firmas ahora o la oferta se retira. Tengo otros candidatos, Santill”. No eres indispensable. Rodrigo tomó el contrato con manos temblorosas.
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