MILLONARIO PIERDE TODO! SÓLO LA EMPLEADA TUVO EL VALOR DE ALIMENTAR A SU BEBÉ

25 páginas de términos leoninos, cláusulas de no competencia, obligaciones que lo atarían como un perro con correa. Su orgullo le gritaba que rasgara esos papeles y se fuera de ahí con la cabeza en alto. Pero entonces pensó en Sebastián, en su hijo que necesitaba pañales, leche, medicinas. pensó en Valeria esperándolo abajo, la única persona que había creído en él cuando nadie más lo hizo.

Pensó en que la cárcel no solo destruiría su vida, sino la de su bebé inocente. Con mano temblorosa firmó cada página. Excelente decisión, dijo Mendoza guardando el contrato. Empiezas mañana a las 6 de la mañana en mi hotel de Tulum. Ay, Santian, una cosa más. Nada de viejos lujos. Vivirás con tu salario como cualquier empleado común.

Si te veo derrochar o vivir por encima de tus medios, rompo el contrato y todas las deudas vuelven a caer sobre ti. Entendido. Entendido. Respondió Rodrigo con voz hueca. Bien, ahora lárgate. Tengo una conferencia en 30 minutos. Rodrigo salió de esa suite sintiendo que acababa de vender su alma al Bajó al vestíbulo como un autómata, sin ver realmente nada a su alrededor. Cuando salió al sol del Caribe, vio a Valeria esperándolo en la cafetería de enfrente, meciéndose con Sebastián en brazos. Ella lo vio acercarse y supo de inmediato que algo había cambiado en él.

Se levantó rápidamente. ¿Qué pasó? ¿Qué le dijo Mendoza? Rodrigo la miró y por primera vez en su vida adulta no tuvo miedo de mostrar su vulnerabilidad. Me ofreció un trato. Paga todas mis deudas a cambio de 5 años de mi vida trabajando para él.

Por 100000 pesos al mes, Valeria dejó escapar el aire que había estado conteniendo. Eso significa que no irá a la cárcel. No iré a la cárcel, pero tampoco seré libre. Realmente seré su empleado, su subordinado, reportándole cada decisión. Pero estará libre y podrá cuidar de Sebastián y podrá reconstruir su vida. Rodrigo la miró a los ojos, esos ojos color miel que lo habían visto en su peor momento sin juzgarlo.

Valeria, tú me salvaste cuando nadie más lo hizo. Y ahora que tengo este trabajo, mi primer acto oficial será, no interrumpió ella firmemente. No me ofrezca dinero, no me ofrezca favores. Hice lo que hice porque era lo correcto, no porque esperara recompensa. Pero, pero nada. Si realmente quiere agradecerme, señor Rodrigo, entonces sea el hombre que ese niño necesita que sea, sea el padre presente que su hijo merece y cuando pueda, cuando realmente pueda sin compromiso, ayude a alguien más que esté cayendo. Así es como me pagará. En ese momento, en medio de la calle turística

de Playa del Carmen, rodeado del bullicio de turistas ajenos a su drama personal, Rodrigo Santillán entendió algo fundamental. Había pasado toda su vida midiendo el valor de las personas por su cuenta bancaria, cuando el verdadero valor estaba en el tamaño de su corazón. Y la mujer frente a él, con su uniforme gastado y sus manos trabajadoras tenía un corazón más grande que todos los millonarios que alguna vez llamó amigos. Valeria, tengo que pedirte un favor más, uno muy grande. Dígame.

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