“¡No lo bebas!” El grito de Marcelo retumbó en las paredes. La taza cayó de las manos de Elena, rompiéndose en mil pedazos sobre el suelo de madera, el líquido oscuro extendiéndose como una mancha de culpa. Camila y Ricardo giraron bruscamente, sus rostros desencajados por el pánico. “¿Marcelo?”, tartamudeó Camila, pálida como un fantasma. “Tú… tú estabas en Singapur”. Marcelo avanzó hacia ellos, su presencia llenando la habitación con una autoridad que nunca antes había tenido que usar contra ella. “Y tú estabas enamorada de mí, ¿verdad? Y Ricardo era tu primo”.
“Puedo explicarlo, mi amor, es un malentendido…”, intentó Camila, acercándose con las manos extendidas, intentando activar sus encantos una última vez. Marcelo la detuvo con una mirada de asco absoluto. “No te me acerques. Lo he visto todo. Las cámaras, el teléfono secreto, el plan del asilo, el veneno en el té. Todo”. Ricardo, cobarde por naturaleza, intentó escabullirse hacia la puerta, pero se encontró de frente con Rosa, que le bloqueaba el paso con una mirada de acero, seguida por dos guardias de seguridad que Marcelo había alertado en silencio.
“Lárguense de mi casa”, gruñó Marcelo, su voz baja y peligrosa. “Tienen diez minutos antes de que llegue la policía con la orden de arresto por intento de homicidio. Si fuera ustedes, correría”. La huida de la pareja fue patética, llena de gritos y acusaciones mutuas mientras salían de la mansión con lo puesto. Marcelo no los miró; se arrodilló junto a la silla de su madre, abrazándola con fuerza, sollozando como un niño. “Perdóname, mamá. Tenías razón. Perdóname por no haberte creído”. Elena, con lágrimas en los ojos pero una sonrisa de alivio, acarició el cabello de su hijo. “No hay nada que perdonar. A veces, el amor nos pone una venda en los ojos, pero hoy… hoy te la has quitado”.
Los meses siguientes fueron de reconstrucción. La mansión, antes fría y llena de decoraciones pretenciosas elegidas por Camila, volvió a ser un hogar. Pero la salud de Elena seguía delicada, y el incidente la había dejado emocionalmente frágil. Fue entonces cuando llegó Lucía.
Lucía Vega no era como las enfermeras anteriores. No llevaba uniformes almidonados ni trataba a Elena con condescendencia. Era una mujer joven, de ojos vivaces y manos curtidas por el trabajo, con una risa contagiosa que pronto empezó a llenar los pasillos silenciosos. Desde el primer día, Marcelo notó la diferencia. Camila siempre preguntaba por el “estado” de Elena como quien pregunta por un mueble roto; Lucía preguntaba por sus libros favoritos, por sus recuerdos, por sus sentimientos.
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