Una sonrisa sin dientes que ilumina todo su rostro. Rodrigo siente el pecho apretarse, pero esta vez no es solo dolor, es algo más, algo cálido. Los días pasan. Rodrigo comienza a tocar la manita de Luna, deja que ella agarre su dedo. El agarre firme de esa criaturita minúscula es sorprendente. Daniela le enseña a cambiar pañales. Rodrigo hace cara de asco la primera vez y Daniela se ríe. Es solo popó, señor navarro, nada que agua y jabón no resuelvan.
Él aprende a preparar teteros, a percibir cuando Luna tiene hambre o sueño, a entender los diferentes tipos de llanto. Daniela es paciente, explica todo con calma y poco a poco Rodrigo se va permitiendo ser padre. Una tarde Daniela escucha música viniendo del cuarto de Luna, se acerca despacio y ve por la puerta entreabierta. Rodrigo está con la bebé en brazos, caminando por el cuarto y cantando bajito. La voz de él es suave, desafinada, pero llena de emoción.
Es una canción antigua. Daniel la reconoce. Procuro olvidarte. De Diomedes Díaz. Doña Beatriz aparece a su lado, ve la escena y las lágrimas comienzan a caer. Esa era la canción preferida de Mariana, Susurra. Él le cantaba cada noche. Daniela siente el pecho apretarse, coloca el brazo alrededor de Beatriz. Se quedan ahí observando a Rodrigo redescubrir la paternidad. Más tarde, Rodrigo encuentra a las dos en la terraza. Está con luna en brazos. Se sienta al lado de doña Beatriz.
Le estaba contando sobre su mamá. Dice Beatriz lo mira, los ojos brillando. ¿Qué le dijiste? Rodrigo sonríe suavemente mirando a su hija, que era increíble, que iluminaba cualquier lugar donde entraba, que tenía la sonrisa más bonita del mundo y que Luna es exactamente como ella besa la frente de la bebé y que tengo suerte de tener un pedacito de ella conmigo. Beatriz no aguanta, abraza a su yerno y llora. Rodrigo también llora. Daniela se aleja discretamente, dando espacio para ese momento, pero antes de salir mira hacia atrás y ve a Rodrigo mirándola.
Una mirada de gratitud profunda. Esa noche Rodrigo busca a Daniela en la cocina. Ella está preparando té de manzanilla. Él se apoya en el marco de la puerta. Gracias, dice. Daniela. Se voltea. ¿Por qué? por no rendirte conmigo, por no dejar que siguiera siendo un cobarde. Daniela sonríe suavemente, sacude la cabeza. No hice nada. Solo necesitabas un empujón. El valor siempre estuvo ahí. Las miradas se demoran. Algo flota en el aire. Una conexión que va más allá de patrón y empleada.
Algo no dicho, algo peligroso. Rodrigo lo siente, Daniela también, pero ella desvía los ojos. Buenas noches, el señor Navarro sale de la cocina. Rodrigo se queda ahí solo, sosteniendo la taza de café que ni notó que tomó. Siente algo que no sentía hace meses, algo más allá del dolor, algo cálido en el pecho, una punzada de esperanza y de algo más, algo que no debería estar sintiendo. No todavía, tal vez nunca, pero está ahí creciendo. Inevitable. Las semanas pasan y la mansión en Chía va poco a poco volviendo a la vida.
Rodrigo abre las cortinas que estaban cerradas hace meses. La luz del sol invade los espacios espantando las sombras. Enciende el equipo de sonido. Música suave llena los lugares que antes eran solo silencio. Él se ríe por primera vez en tanto tiempo. Se ríe de verdad cuando Luna hace una mueca al probar papilla de zanahoria por primera vez. No te gustó, ¿cierto?, dice limpiando la boquita de su hija. Está bien. Tu papá tampoco le gusta la zanahoria. Daniela observa desde lejos, apoyada en el marco de la puerta de la cocina.
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