Al levantar su vaso, Margaret tosió violentamente; tenía un hueso alojado en la garganta. En lugar de dejar que alguien la ayudara, dirigió su atención a Lily, que estaba sentada coloreando tranquilamente.
Entre toses, Margaret siseó:
—¡Qué mala suerte! Vete a la cama. No vas a cenar.
Lily se quedó paralizada cuando su crayón rodó de la mesa. Emma sintió un vuelco en el corazón. Miró a Daniel —su esposo, el padre de Lily— esperando que interviniera, que dijera algo, lo que fuera.
Pero él mantuvo la cabeza gacha, fingiendo no haber oído.
Emma se arrodilló junto a su hija y le susurró: —Cariño, nada de esto es culpa tuya.
Margaret soltó una risa burlona. “Oh, por favor. Deberían estar agradecidos de que hayamos venido. Esa niña necesita aprender disciplina.”
En ese momento, algo dentro de Emma se calmó. Sintió claridad, no ira.
¿Golpeadores? ¿En mi propia casa?
Se levantó y respondió cortésmente: “No comeremos. Gracias por venir.”
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