Les di dos opciones:
Mudarse y ser independientes, o enfrentar cargos criminales por fraude.
Se fueron en cuarenta y ocho horas.
Alquilé la propiedad, recuperé mis finanzas y bloqueé sus números. Durante meses, hubo silencio.
Entonces, una noche, Chloe llamó.
Se disculpó. Dijo que tenía trabajo. Que nuestros padres también trabajaban. Que lo estaban intentando.
Le dije la verdad:
"Me alegra que estés cambiando. Pero perdonar lleva tiempo".
Cuando terminó la llamada, sentí algo que no había sentido en años: paz.
Dejarlos no fue crueldad.
Fue supervivencia.
Por primera vez en mi vida, la decisión era mía.
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