Sáquenla. Dos guardias de seguridad me tomaron de los brazos, me arrastraron por el pasillo de mármol. Yo intentaba cubrirme, gritaba, suplicaba por una manta, por algo, pero nadie se movió. Me lanzaron a la entrada de grava, fuera de la reja principal. Cerraron el portón de hierro frente a mi cara. Ahí estaba yo, Elena, hija de un hombre al que ellos llamaban el granjero sucio. Tirada en la calle, en ropa interior, bajo la lluvia que empezaba a caer mientras adentro seguía la fiesta.
Me abracé a mí misma, sintiendo como el frío calaba mis huesos. Pero en ese momento algo más caló más hondo que el frío. Fue la ira, una ira pura, caliente y absoluta. Ellos pensaban que mi padre era un simple agricultor que cultivaba papas y maíz. Pensaban que yo era una chica humilde que no tenía donde caerse muerta. Habían cometido el error más grande de sus miserables vidas. No sabían que mi padre, don Augusto, no era solo un agricultor.
Era el mayor terrateniente del norte, el hombre que controlaba la distribución de alimentos de medio país. Un hombre que había ocultado su fortuna para enseñarme el valor de la humildad. Un hombre que tenía más poder en su dedo meñique que toda la familia Villareal en sus cuentas bancarias. Me levanté del suelo, caminé hacia la caseta del guardia que me miraba con lástima. “Préstame tu teléfono”, le dije. Mi voz no temblaba. Ya no, señora, no puedo. Doña Bernarda dijo, “Préstame el maldito teléfono.” Grité con una autoridad que nunca antes había usado.
El guardia, asustado, me lo dio. Marqué el número que sabía de memoria. Diga. La voz de mi padre era cálida, tranquila. Papá”, dije, y al escuchar su voz me rompí un poco. “Papá, ven por mí. Me han quitado todo. Me han dejado desnuda en la calle.” Hubo un silencio al otro lado de la línea, un silencio que pesaba más que 1000 gritos. “¿Quién te hizo esto, hija?” Su voz cambió. Ya no era el padre amoroso, era el patrón, el jefe.
Los Villareal, Roberto, su madre, “Todos. No te muevas”, dijo. Estoy a 20 minutos. Iba a darte una sorpresa por tu aniversario. Estaba aterrizando en el elipuerto privado de la ciudad. Pero el plan ha cambiado. Papá, tengo frío. Aguanta, mi niña. El frío se les va a pasar a ellos cuando sientan el infierno que les voy a traer. Voy para allá y no voy solo. Colgué. Me senté en la acera bajo la lluvia. Esperé. No sabía que esos 20 minutos de espera eran los últimos minutos de la dinastía Villareal.
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