Antes de contarte como la noche más oscura de mi vida se convirtió en la venganza más dulce de la historia, necesito pedirte un favor. Si estás en contra de la humillación y crees que la familia es sagrada, dale un fuerte me gusta a este video ahora mismo. Suscríbete al canal y activa la campanita. Lo que mi padre está a punto de hacerle a esta familia de buitres es algo que se estudiará enlos libros de historia de la justicia divina.
No querrás perderte ni un segundo. El sonido de las aspas cortando el aire fue lo primero que alertó a los guardias. No era el sonido de un coche, era algo que venía del cielo. Dos helicópteros negros sin matrícula visible descendieron sobre el jardín delantero de la mansión Villareal, aplastando los rosales premiados de doña Bernarda. El viento generado por las hélices hizo volar las decoraciones exteriores y obligó a los invitados que estaban en la terraza a correr hacia adentro gritando.
Al mismo tiempo, la reja principal donde yo estaba sentada fue embestida. No se abrió con un control remoto, fue derribada. Una camioneta blindada, tipo militar de color negro mate destrozó el hierro forjado como si fuera papel. Detrás de ella entraron tres versus de lujo. La camioneta frenó frente a mí. La puerta se abrió antes de que el vehículo se detuviera por completo. Bajó mi padre. No llevaba su ropa de trabajo, llevaba un traje negro impecable, un abrigo largo de lana sobre los hombros y esa mirada de acero que usaba cuando negociaba contratos de millones de dólares.
Corrió hacia mí, se quitó el abrigo y me envolvió en él. Me abrazó con tanta fuerza que sentí que mis costillas crujían, pero era el dolor más dulce del mundo. “Perdóname, hija”, susurró en mi pelo mojado. “Perdóname por dejarte sola con estas bestias, papá.” Me humillaron. Me desnudaron frente a todos. Mi padre se separó de mí, me miró a los ojos y me limpió las lágrimas con sus pulgares callosos. Se acabó, Elena. Sube al coche. Hay ropa limpia y caliente adentro.
Quédate ahí. No quiero que veas lo que va a pasar, pero quiero que sepas que cada lágrima tuya les va a costar un millón de dólares. Quiero verlos, papá, dije, sintiendo una nueva fuerza nacer en mí. Quiero ver sus caras. Mi padre asintió. Entonces entra conmigo, pero entras como lo que eres, una reina. Me subí a la camioneta solo para ponerme un vestido negro sencillo, pero elegante que mi padre siempre traía por si acaso. Me sequé el pelo, me puse unos tacones y salí.
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