Mis suegros me desnudaron para humillarme… MI PADRE MILLONARIO LLEGÓ Y LOS DESTRUYÓ…

Y con personales me refiero a cepillos de dientes y ropa interior. Las joyas, los muebles, los cuadros, todo se queda como pago de los intereses de la deuda. ¿A dónde voy a ir? Lloró Sofía. Pueden ir a donde quieran, dije yo. La calle es muy grande y ya saben lo que se siente estar ahí, ¿verdad? Aunque ustedes tendrán la ventaja de llevar ropa puesta. Yo no tuve esa suerte. Mi padre hizo una señal a sus hombres. Saquen a esta gente de mi casa.

Los guardias tomaron a Bernarda, a Sofía y a Roberto. Los arrastraron hacia la salida, tal como ellos habían hecho conmigo una hora antes. Bernarda gritaba insultos. Sofía lloraba. Roberto solo repetía mi nombre como un disco rayado. Los lanzaron a la grava mojada fuera de la reja rota. Mi padre y yo salimos a la terraza. La lluvia seguía cayendo. Los vimos allí en el lodo, arruinados, peleándose entre ellos. Bernarda culpaba a Roberto. Roberto culpaba a Sofía. Sofía culpaba a su madre.

Se estaban devorando. ¿Estás bien, hija?, me preguntó mi padre pasándome el brazo por los hombros. Sí, papá. Estoy bien. ¿Quieres que les dé algo? Un poco de dinero para el autobús. Miré a la familia que me había hecho la vida imposible. Recordé las burlas por mi ropa sencilla. Recordé cómo me hacían comer en la cocina cuando tenían visitas importantes. Recordé el frío de hace una hora. No dije que caminen, les hará bien un poco de humildad. Nos dimos la vuelta y entramos en la casa.

Mi padre dio la orden de demoler la mansión al día siguiente. No quería venderla, quería borrarla del mapa. Quería que no quedara ni un ladrillo de ese lugar maldito. El desenlace. En los meses siguientes, la noticia del colapso de los Villareal fue la comidilla de la ciudad. Se supo todo. El intento de incriminarme, la deuda, la quiebra, fueron rechazados por la sociedad que tanto adoraban. Roberto intentó conseguir trabajo, pero su reputación estaba destruida. Terminó trabajando de camarero en un bar de mala muerte en la costa.

Sofía se casó con un hombre mayor que no la quiere, solo para tener alguien que la mantenga. Bernarda, la gran doña Bernarda terminó en un asilo público, sola, amargada, contándole a las enfermeras que ella fue una reina, aunque nadie le cree. Yo volví al campo con mi padre, pero no para esconderme. Asumí mi lugar en la empresa familiar. Ahora dirijo la división de exportaciones internacionales. Viajo por el mundo, cierro tratos millonarios y ayudo a mujeres que han sufrido lo mismo que yo.

A veces, cuando tengo una reunión difícil, toco la tela de mi traje de diseñador y recuerdo la sensación de la seda rasgándose esa noche y sonrío porque esa noche no me rompieron. Esanoche me liberaron. Me quitaron la ropa, sí, pero al hacerlo, me quitaron el disfraz de mujer sumisa y dejaron al descubierto a la guerrera que llevaba dentro. Ellos querían verme desnuda y humillada. Al final, los únicos que quedaron desnudos ante el mundo, despojados de su dinero y su orgullo fueron ellos.

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