Necesito compañía para una fiesta. ¿Vienes conmigo?”, le dijo Laseo al conserje, y lo que él hizo la dejó sin palabras. Antes de comenzar, déjanos en los comentarios desde qué ciudad nos estás viendo. El sonido del trapeador contra el mármol resonaba por el pasillo vacío del edificio corporativo cuando Alejandra Mendoza salió de su oficina. Eran las 10 de la noche y las luces automáticas se encendían a su paso creando sombras largas en las paredes de cristal. “Disculpe, ¿podría limpiar mi oficina más tarde?”, le dijo al hombre del overall verde que trabajaba cerca del ascensor.
Diego Ramírez levantó la vista sorprendido. En tres años limpiando este edificio, la SEO de Mentec nunca le había dirigido la palabra directamente. Por supuesto, señora Mendoza, ¿qué tan tarde va a trabajar? Alejandra se detuvo. Algo en su acento la hizo pausar. No era mexicano. ¿De dónde eres? De Colombia, señora Bogotá. Hubo un momento de silencio incómodo. Diego se preguntó si había dicho algo mal. En México, había aprendido que su pasado era mejor mantenerlo en silencio. “Yo soy de Caracas”, murmuró Alejandra, más para sí misma que para él.
Bueno, era de Caracas. La confesión sorprendió a ambos. Diego asintió con comprensión. Sabía reconocer a alguien que había dejado todo atrás. ¿Desde cuándo está aquí?, preguntó él apoyándose en el mango del trapeador. 7 años. Llegué en 2018 cuando todo se volvió imposible. Nosotros llegamos hace 4 años, mi hija y yo. Alejandra lo estudió por primera vez. Realmente tenía unos 45 años. Cabello ligeramente canoso. Manos que parecían haber conocido otro tipo de trabajo antes de sostener instrumentos de limpieza.
¿Qué hacías en Colombia? Diego vaciló. Esta conversación ya había ido demasiado lejos. Trabajaba en una universidad, telecomunicaciones. La respuesta golpeó a Alejandra como un puñetazo. Este hombre había sido profesor universitario y ahora limpiaba pisos. Su propia historia de pérdida y reconstrucción se sintió menos única, menos especial. Profesor, era profesor. Sí, ahora soy conserje. Las cosas cambian. El orgullo herido en su voz era inconfundible. Alejandra reconoció ese tono porque lo había usado ella misma demasiadas veces. “Sí, cambian”, murmuró.
Yo tenía una empresa farmacéutica en Caracas. Era parte del negocio familiar. “¿Y ahora tiene mente tec?” “Ahora tengo mente tec”, confirmó, pero su voz sonaba cansada. Empecé de nuevo, completamente de nuevo. Diego notó algo en su postura, una soledad que reconoció inmediatamente. Era la misma que él cargaba cada día. Es muy tarde para estar trabajando comentó. Mañana tengo una cena importante. Inversionistas. Podría asegurar el futuro de la empresa. Debe estar emocionada. Alejandra soltó una risa amarga. Debería estarlo, pero voy sola.
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