“NECESITO COMPAÑÍA PARA UNA FIESTA, ¿VIENES CONMIGO?” LE DIJO LA CEO AL CONSERJE. LO QUE ÉL HIZO…

Otra vez. Las palabras se le escaparon antes de poder detenerlas. Diego se sintió incómodo ante la intimidad repentina de la confesión. Seguramente tiene muchos amigos. Amigos. Alejandra negó con la cabeza. En este mundo, cuando eres mujer y venezolana, tienes socios, competidores y conocidos, no amigos. El silencio se extendió entre ellos. Diego retomó su trabajo, pero más lento, como si no quisiera que la conversación terminara. Roberto, mi socio, siempre va con su esposa. Patricia Guzmán, la inversionista principal, siempre pregunta por mi acompañante, como si una mujer no pudiera existir profesionalmente sin un hombre al lado.

Es ridículo. Es la realidad. Alejandra suspiró. Necesito compañía para una fiesta. ¿Vienes conmigo? Las palabras salieron tan rápido que ambos se quedaron petrificados. Diego dejó caer el trapeador, el sonido metálico resonando en el pasillo vacío. Perdón, no, olvídalo. Alejandra se dio vuelta mortificada. Fue una locura. No sé por qué dije eso. Señora Mendoza, espere. Ella se detuvo sin volverse. No puedo, mi hija. Mis responsabilidades. Te pagaría. Bien. La palabra pagaría colgó en el aire como una bofetada.

Diego sintió que su dignidad se desmoronaba un poco más. No es por dinero. Todo es por dinero. Alejandra se volvió hacia él. Créeme, todo es por dinero. La pregunta es si estás dispuesto a admitirlo. Diego pensó en Luna, en las cuentas médicas que llegaban cada mes, en los medicamentos que costaban más de lo que ganaba en una semana. pensó en su orgullo, ya bastante maltratado después de 4 años limpiando los pisos de un edificio donde antes habría sido invitado como consultor.

¿Cuánto? La pregunta salió como un susurro, pero Alejandra la escuchó claramente. Suficiente para que valga la pena tu tiempo. Diego cerró los ojos. Cuando los abrió, su decisión estaba tomada. Dígame, ¿qué necesita que haga? Capítulo 2. Máscaras y verdades. Diego llegó a casa pasada la medianoche, encontrando a Luna despierta en la sala, rodeada de libros de medicina y su laptop. “Papá, llegas tarde”, dijo sin levantar la vista de sus apuntes. A los 19 años, Luna había desarrollado la sabiduría de alguien que había vivido demasiado para su edad.

Trabajo extra”, mintió a medias dejando sus llaves en la mesa. “¿Trabajo extra de limpieza a medianoche?” Diego suspiró. Era imposible engañar a su hija. La CEO me pidió algo diferente. Luna finalmente lo miró, sus ojos cafés llenos de la inteligencia aguda que había heredado de él. Diferente cómo necesita que la acompañe a una cena de negocios como como su acompañante. Te pidió que fuera su cita. No es una cita, es trabajo. Luna cerró su laptop lentamente. Papá, ¿estás seguro de esto?

¿Sabes que estas situaciones pueden complicarse? Diego se sentó junto a ella. Su hija había sido su confidente desde que llegaron a México en 2021, cuando la situación en Colombia se volvió insostenible después de que sus investigaciones sobre telecomunicaciones gubernamentales lo convirtieran en objetivo político. Luna, ¿sabes cuánto cuestan tus medicamentos este mes? Papá, 6,000 pesos. Solo los medicamentos. Sin contar las consultas con el inmunólogo, el silencio se instaló entre ellos. La condición autoinmune de Luna requería tratamiento constante y aunque tenían acceso al sistema público de salud mexicano, los medicamentos especializados seguían siendo una carga económica brutal.

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