Eran de un material sintético pesado y denso. Había ocho en total. Cogió la primera y notó un olor extraño, el mismo olor antiséptico y químico que impregnaba la habitación, pero más concentrado. “¡Qué raro!”, murmuró. Comenzó a quitar las fundas de las almohadas una por una. Cuando llegó a la tercera, notó que el peso no era uniforme. Palpó la tela y sintió algo pequeño y duro en el interior, escondido debajo de la cremallera de la funda interior. Su corazón se detuvo.
Abra la gremallera de la funda protectora de la almohada. Allí, cocido al relleno de espuma, había un pequeño sobre de tela de muselina, similar a una bolsita de té y dentro de un polvo blanco y fino. El ara se llevó la bolsita a la nariz. Era el olor, un olor químico, amargo. Lo reconocido de sus prácticas de farmacología. Dios mío, no puede ser, revisó las otras siete almohadas. Cada una de ellas tenía un sobre idéntico, ocho sobres de un polvo químico estratégicamente colocados para que el niño los inhalara mientras dormía.
Dios mío. Entendió todo en un instante. Bruno no estaba enfermo, estaba siendo sistemáticamente sedado. El polvo que inhalaba toda la noche durante el sueño lo dejaba débil, letárgico y somnoliento durante el día. Eso combinado con los medicamentos innecesarios que causaban dolores de estómago y confusión era la fórmula perfecta para mantener a un niño sano, pareciendo un enfermo crónico. ¿Pero por qué? ¿Quién haría algo así a un niño inocente? Muchas gracias por escuchar hasta aquí. Si te gusta este tipo de contenido y quieres saber cómo el ara desenmascarar este terrible plan, no te olvides de suscribirte a nuestro canal Cuentos que enamoran.
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