Entró en la habitación y encontró a Bruno jugando animadamente con el ara en el suelo. Como me temia, dijo el doctor con gravedad, mirando a Julián. Está en plena precrisis. ¿Precrisis de qué? Preguntó el poniéndose de pie. De una convulsión. Los niños con la condición de Bruno pueden tener convulsiones graves precedidas por esta hiperactividad. Pero él nunca ha tenido una convulsión, dijo Julián. Porque siempre controlamos los episodios antes de que sucedan”, exclamó el doctor. El doctor Ibáñez preparó una jeringuilla.
"Voy a darle un calmante intramuscular para prevenir la convulsión. Es la única forma de estabilizarlo". “Doctor, espere”. Intervino elara. Él no está hiperactivo, solo está feliz. Tiene energía normal de niño. No necesita un calmante, señorita Jinner. dijo el doctor con frialdad. Usted no tiene experiencia para evaluar esto. Está poniendo al niño en riesgo, señor Alcocer, se lo advierto. El doctor Ibáñez se acercó a Bruno con la jeringuilla, pero él se interpuso. No, Bruno, no necesitas eso. Salga de mi camino o llamaré a seguridad para que la saquen de la casa.
Elara se giró hacia el padre desesperado. Señor Alcoser, por favor, mírelo. Está bien. Está más sano de lo que ha estado desde que llegué. Julián estaba dividido. A un lado, el médico que había cuidado a su hijo durante años, el único que entendía su extraña enfermedad, al otro la cuidadora, que había traído un soplo de vida a su hijo en pocas semanas. Pero el miedo ganó. El miedo que el Dr. Ibáñez le había inculcado durante años. Doctor, ¿está seguro de que necesita el remedio?
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