Ningún médico podía curar al hijo del millonario, hasta que la niñera revisó las almohadas…

Absolutamente. Si no se lo administramos ahora, podría convulsionar esta noche. No sobrevivirá a una convulsión completa. La mentira fue tan devastadora que el ara se quedó sin aliento. Julián se acercó con la cabeza derrotada. Está bien, aplíqueselo. El ara observar horrorizada e impotente mientras el doctor Ibáñez le inyectaba el sedante a Bruno. En 20 minutos el niño que estaba riendo y saltando volvió a ser el de siempre, sobnoliento, apático, con la mirada perdida. “Listo”, dijo el doctor Ibáñez, satisfecho.

"Crisis evitada. Pero, señor, al cocer esto es grave. La cuidadora lo sacó de su rutina y casi nos cuesta caro. " Esa noche el doctor Ibáñez volvió con almohadas nuevas. Estas son importadas de Alemania. Aún más especiales, no pueden ser tocadas por nadie más que por mí o por usted, señor Alcoser. El ara vio cómo colocaba las almohadas en la cama de Bruno. Estaba segura de que había más sobres de veneno dentro de ellas. Bruno volvió a dormir mal, a despertar cansado, a estar apático durante el día.

Tía Elara le susurró. Al día siguiente he vuelto a estar flojito. La pregunta inocente del niño le partió el corazón. Ella sabía lo que estaba pasando. Pero, ¿cómo podíamos demostrarlo? Necesitaba pruebas más allá de su palabra contra la de un médico respetado. Elara se sintió atrapada. Era una prisionera en una jaula de oro, igual que Bruno. Sabía la verdad, pero estaba sola. El doctor Ibáñez tenía a Julián Alcoser completamente manipulado y el personal de la casa, especialmente Ansob Barros, solo seguía las órdenes del médico y del mayordomo, que parecían valorar la rutina por encima del bienestar del niño.

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