El Dr. Héctor Solís fue el invitado de honor. Un año después, Bruno, ahora un niño de 5 años ruidoso y feliz, irrumpió en la habitación de sus padres un sábado por la mañana. Mamá, papá, despierten. Elara se despertó riendo. Buenos días, terremoto. Mamá, ¿es verdad?, preguntó Bruno saltando a la cama. ¿Qué cosa, cariño? Que ya no voy a ser hijo único, que voy a tener un hermanito. El ara miró a Julián por encima de la cabeza de Bruno y él le sonó con ternura.
Elara estaba embarazada de tres meses. ¿Cómo lo supiste, detective? Preguntó Julián. Porque papá no deja de tocar tu barriga, mamá, y yo quiero enseñarle a subir al árbol del jardín. Julián abrazó a su esposa ya su hijo. Su familia estaba completa. La mansión, que una vez fue una tumba silenciosa de tristeza y culpa, era ahora un hogar lleno de vida, risas y, sobre todo amor. Un amor que había nacido de la valentía de una mujer que se negoció a aceptar la oscuridad y decidió luchar por la luz de un niño inocente.
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