¡NO ATENDEMOS MENDIGAS AQUÍ! NIÑA SIN HOGAR LLORABA PIDIENDO AYUDA, HASTA QUE EL MILLONARIO…

Lia tenía ocho años y el cuerpo de alguien que llevaba siglos resistiendo. Aquella noche entró tambaleándose al vestíbulo de un hospital privado donde el mármol brillaba como si nunca hubiera conocido el polvo, y la música suave flotaba en el aire como un perfume caro. Sus pies descalzos dejaron marcas pequeñas y oscuras en el suelo impecable, y ese contraste —la niña rota frente al lujo intacto— hizo que algunas miradas se apartaran con prisa, como si la miseria fuera contagiosa.

La barriga le ardía por dentro. No era un dolor cualquiera: era una garra apretándole el vientre con cada paso, obligándola a encorvarse y a abrazarse a sí misma como si pudiera sostener sus órganos en su sitio. Sus labios temblaban, y aun así reunió la fuerza para caminar hacia la recepción. Pensaba que un hospital era un lugar donde la vida valía más que la ropa, más que el olor, más que el dinero.

Detrás del mostrador, una recepcionista joven con sonrisa ensayada y ojos de hielo la vio acercarse. Su nombre era Cíntia, recién contratada, con la ambición brillante de quien quiere subir rápido y teme cualquier cosa que manche su primera semana. Para ella, el vestíbulo era un escenario: el hospital debía parecer exclusivo, limpio, perfecto. Y la niña, con el cabello enmarañado y la cara manchada de lágrimas, era una grieta en esa imagen.

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—Por favor… —susurró Lia, apoyando las manos sucias sobre el mármol frío—. Ayúdeme. Me duele mucho.

El silencio se tensó como una cuerda. Dos guardias cerca de la entrada se enderezaron, atentos al gesto de la recepcionista, no al gemido de la niña. Cíntia miró esas manos como si fueran basura sobre un mantel blanco. Su rostro se contrajo.

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