—¿Me vas a devolver al refugio?
Artur dejó el lápiz y la miró largo. La respuesta llevaba creciendo dentro de él desde el instante en que la sostuvo en brazos.
—No —dijo, con la voz quebrándose un poco—. No voy a enviarte de vuelta. Estaba pensando… si tú quisieras… quizá podrías venir a vivir conmigo.
Los ojos de Lia se agrandaron como si le hubiera ofrecido el cielo.
—¿Contigo? ¿Pero por qué?
Artur tomó su mano pequeña entre las suyas.
—Porque creo que los dos estamos un poco solos —susurró—. Y tal vez… podríamos acompañarnos.
Tres semanas después, Artur entró al mismo vestíbulo, pero ya no escondido. Vestía traje, sí, pero su mirada era la misma: la de alguien que busca el pulso humano de las cosas. A su lado caminaba Lia, con vestido claro, zapatos nuevos y el cabello trenzado. Sus ojos miraban el lugar con curiosidad, no con miedo.
El mármol seguía brillando, la música seguía sonando, pero algo era distinto: la frialdad se había ido. Había una mesa de acogida más baja, sillas cómodas, y una placa discreta que decía que toda niña en emergencia sería atendida de inmediato sin costo, gracias al Fondo Lúcia Monteiro.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
