—Sáquenla de aquí —murmuró—. Antes de que los clientes vean esto.
En ese instante, Artur se levantó. No lo hizo con prisa, sino con una determinación que cortaba el aire. La máscara del observador se rompió y apareció el hombre: el padre, el que todavía cargaba un juramento fallido.
Cruzó el vestíbulo en pasos largos. Los guardias lo miraron y, sin saber por qué, dudaron. Artur se detuvo frente a Lia y la vio de cerca: fiebre en la piel, respiración irregular, una fragilidad que dolía.
—Dámela —ordenó, con una voz baja que no admitía discusión.
Jonas, el guardia mayor, obedeció instintivamente. En esos ojos había una verdad que no se aprende en entrenamientos: la urgencia de salvar.
Artur la tomó con cuidado, como si cargara una llama. Lia era liviana y caliente; su cabeza se apoyó en su brazo sin resistencia. Él la apretó contra el pecho y se encaminó hacia el área de urgencias.
—¡Oiga! —gritó Cíntia, corriendo detrás—. ¡No puede entrar así! ¡Hay procedimientos!
Artur no se detuvo. Conocía el hospital al detalle; lo había estudiado antes de comprarlo. Sabía dónde estaban los pasillos, las puertas, las zonas de emergencia. Cada segundo era una cuenta regresiva.
Cíntia aumentó el volumen de su indignación, y con ello atrajo empleados que salieron al pasillo: una enfermera, un administrativo, un hombre corpulento que intentó bloquearle el paso con gesto conciliador.
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