Artur respiró hondo. Su riqueza era inmensa, pero aquella noche vestía como un ciudadano común. Y, por un momento absurdo, su fortuna era invisible. Quiso gritarles que él era el dueño, que el dinero no era un problema. Pero no era solo el dinero. Era la cultura. Era la enfermedad de un sistema que había permitido.
Un administrativo con gafas —el señor Guimarães— apareció nervioso. Cíntia pidió que llamaran al director administrativo. El nombre bastó para tensar a los empleados: el doctor Valadares, famoso por su rigidez y su obsesión por “imagen”.
Valadares llegó con traje impecable, mirada fría, pasos de quien se cree juez.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
Cíntia explicó rápido, pintando a Artur como un intruso y a Lia como un problema. Valadares escuchó y luego se dirigió a Artur con hielo en la voz.
—O presenta garantía de pago de inmediato, o llamaremos a la policía. Y entregue a la niña. La llevaremos a un hospital público, que es lo apropiado.
La palabra “policía” golpeó el pasillo como un portazo. Artur entendió que ya no había espacio para argumentos. Con hombres así, la compasión era un idioma que no reconocían. Solo entendían una cosa: poder medible.
Artur acomodó a Lia en su brazo izquierdo. Sacó del bolsillo un smartphone sencillo, con pantalla un poco rayada. Cíntia sonrió con burla, convencida de que llamaría para pedir ayuda.
—Señor Guimarães —dijo Artur—, necesito los datos de la cuenta principal del hospital.
La petición desconcertó. Valadares hizo un gesto de fastidio, como autorizando una última tentativa ridícula.
Guimarães recitó números con voz temblorosa. Artur abrió una aplicación de cartera digital, tecleó con rapidez, convirtió activos y escribió una cifra que no parecía real.
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