Confirmó.
Luego alzó la mirada, tranquilo.
—Revise la cuenta —indicó.
Guimarães miró su tablet. Sus ojos se abrieron. Trató de tragar saliva, pero no pudo.
—Doctor Valadares… —susurró.
Valadares se acercó, irritado. Miró la pantalla y quedó congelado. El color se le fue del rostro. Cíntia se asomó, y el mundo se le derrumbó: allí estaba, en verde, un depósito instantáneo por dos millones de dólares.
No era una promesa. No era una palabra. Era el dinero ya dentro, como un golpe de realidad.
El pasillo se quedó mudo. La autoridad cambió de manos sin gritos, sin golpes, sin espectáculo. Solo con una cifra imposible.
Artur se giró hacia la puerta de urgencias, donde dos médicos ya observaban.
—Ahora —dijo—, van a salvarla.
La camilla apareció. Una enfermera se movió con urgencia. La burocracia se evaporó como humo. Artur depositó a Lia con delicadeza, acomodándole la cabeza, rozándole la frente con un gesto protector que parecía una promesa.
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