Cuando las puertas se cerraron y la niña desapareció dentro, Artur quedó en el pasillo con el eco de su propia respiración. Y con sus fantasmas.
Años atrás había esperado en un corredor parecido. Había prometido a Lúcia que todo estaría bien. Y no lo estuvo. Esa derrota lo acompañaba como sombra.
—¿Quién… quién es usted? —preguntó Valadares, ahora con un respeto tembloroso.
Artur lo miró sin calor.
—¿Importa? —respondió—. Lo único que importa está detrás de esa puerta.
Un médico mayor salió minutos después, serio.
—Logramos estabilizarla por ahora —informó—, pero es grave. Necesita cirugía inmediata. Hay riesgo alto. Las próximas horas son críticas. Debe estar preparado.
“Preparado para lo peor” fue un latigazo al corazón de Artur. Se sostuvo en la pared. El dinero no servía ahí. Solo quedaba la esperanza, pequeña, obstinada.
—Haga lo necesario —dijo—. Use todos los recursos. El costo no importa.
Pasaron horas. Artur caminó de un lado a otro, incapaz de sentarse. Valadares intentó hablar de tecnología, de inversiones, de prestigio. Artur lo ignoró. No estaba allí por reputación. Estaba allí por una vida.
Helena, la trabajadora social, llegó con rostro compasivo y cansado. Artur le pidió saber quién era la niña, de dónde venía. Jonas se acercó y, con voz baja, confesó algo que le heló la sangre: no era la primera vez que la recepción “filtraba” a los humildes. Un anciano mal vestido, semanas atrás, fue enviado a un hospital público a diez cuadras, incluso con dificultad para respirar. Nadie supo qué pasó después.
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