“No me lastimes, estoy herida” suplicó la millonaria… y la reacción del padre soltero la dejó…

Me llamo Diego, soy guardia de seguridad. Lentamente se quitó su chamarra. Solo quiero ayudarla. No me toque. No voy a tocar. Solo voy a poner esto sobre usted. Estás helando. La chamarra cayó suavemente sobre sus hombros. Olía a jabón barato y café. Olía a seguridad. Yo me asaltaron. Las palabras salieron entre soyosos. Tres hombres. Me empujaron. Mi tobillo. Ya pasó. Está una salva ahora. No entiendes. Mañana tengo qué. Se detuvo. ¿Qué importaba la junta directiva cuando ni siquiera podía ponerse de pie?

Papá, dice el señor del teléfono que en 15 minutos llega la ambulancia. Bien hecho, Sofía. Ahora necesito que me traigas el paraguas del carro. Valentina intentó enfocar al hombre frente a ella, solo distinguía una silueta borrosa, pero su voz era calmada, paternal. No como Rodrigo que gritaba, no como los hombres del consejo que amenazaban, solo calmada. Tengo que irme. Intentó levantarse y un grito se escapó de su garganta cuando su tobillo cedió. No puede caminar con ese tobillo.

No puedes entender si me ven así. La humillación quemaba más que el dolor. Valentina Herrera no pedía ayuda. Valentina Herrera no lloraba en callejones. Aquí está papá. Sofía apareció con un paraguas rojo, sus ojos enormes mirando a la mujer herida. Gracias, princesa. ¿Por qué no le dice a la señora cómo te llamas? Me llamo Sofía. Tengo 7 años. ¿Por qué está llorando? Porque le duele el pie, mi amor. Cuando me duele algo, papá me canta. ¿Quieres que le cante?

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