Es suficiente. Las sirenas se acercaron. Valentina sintió pánico. En minutos estaría en un hospital vulnerable, expuesto, sin su armadura de poder. Por favor, no sabía que pedía, que no la dejara sola, que mintiera sobre quién era. Vamos con usted, no tienen que Papá nunca deja a nadie solo. Sofía tomó la mano de Valentina con sus deditos pequeños. No tengas miedo. Los paramédicos llegaron corriendo. Preguntas, luces, manos extrañas tocándola. Valentina se aferró a la manita de Sofía como si fuera un salvavidas.
¿Es usted familia?, preguntó un paramédico a Diego. Soy un amigo. Necesitamos que alguien firme. Yo firme. Lo subieron a la ambulancia. Diego la siguió sin dudar. Sofía pegada a su lado. Mientras las puertas se cerraban, Valentina vio el callejón alejarse. Hace una hora comandaba un imperio. Ahora dependía de la bondad de un desconocido. ¿Por qué hace esto? Susurró. Porque es lo correcto. Nadie hace algo solo porque es correcto. Diego la miró. Por primera vez ella pudo distinguir sus facciones.
Ojos cansados, pero amables. Manos callosas, pero gentiles. Yo sí. La ambulancia aceleró hacia el hospital. Valentina cerró los ojos, la mano de Sofia aún en la suya y por primera vez en años permitió que alguien más tomara el control. No sabía que este extraño y su hija cambiarían todo. No sabía que el verdadero poder no estaba en mandar, sino en confiar. Solo sabía que en el peor momento de su vida, un ángel con chamarra de guardia la había encontrado.
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