“No me lastimes, estoy herida” suplicó la millonaria… y la reacción del padre soltero la dejó…

El reloj del hospital marcaba las 10 de la noche cuando Valentina despertó. El tobillo vendado palpitaba menos, pero la humillación permanecía intacta. Ya despertó. Sofía estaba sentada en una silla de plástico balanceando sus piernas. Papá fue por café. Le dije que el café del hospital sabe feo, pero no me escuchó. ¿Sigues aquí? Papá dice que no dejamos a la gente sola cuando está triste. Valentina tragó saliva. Hace 5 horas su Mercedes se había descompuesto saliendo de una junta en Coyoacán.

Teléfono muerto, área desconocida. La decisión de caminar hacia una avenida principal había sido su perdición. Tu papá es muy bueno. Es el mejor, aunque a veces está cansado. Trabaja de noche y luego me lleva a la escuela. Y tu mamá está en el cielo desde que yo tenía cuatro, pero no estoy triste porque papá dice que ella nos mira. La puerta se abrió. Diego entró con dos cafés, su uniforme de seguridad arrugado por las horas de espera.

Disculpe si Sofía habla mucho. Me gusta platicar. La niña sonró. Valentina no tiene hijos. Se lo pregunté. Sofía. Está bien. Valentina intentó sentarse más a la derecha. Diego, necesito pedirte un favor enorme. ¿Qué necesita? En mi tobillo derecho, dentro del zapato, hay una tarjeta de presentación. La puse ahí por paranoia. Se río amargamente. Irónico, ¿no? Diego buscó con cuidado. Sacó la tarjeta empapada, pero legible. Valentina Herrera, directora general farmacéutica azteca. Su expresión cambió. Ustedes, por favor, no me traten diferente.

Papá, ¿qué dices? Sofía tomó la tarjeta. ¿Qué es? Es la jefa de una empresa muy grande, como el señor que te grita cuando llegas tarde. No, mi amor, mucho más importante. Valentina sintió que la distancia crecía instantáneamente. El calor humano de hace segundos se convirtió en formalidad incómoda. “Necesito que llames a este número”, señaló la tarjeta. "Mi asistente. Dile que estoy bien, pero que necesito". No tiene que explicarme nada, señora Herrera. Valentina, por favor, es tarde. Sofía tiene escuela mañana.

Claro, por supuesto. El rechazo de Cortés dolió más que el tobillo. Diego, déjame al menos. No me debe nada. Te debo todo. Estaba aterrorizada y tú, cualquiera hubiera hecho lo mismo. No, nadie más se detuvo. Pasaron varios carros y nadie Su quebró. Por favor, ¿acepta algo para Sofía al menos? Papá, tengo hambre. Ya vamos a casa, princesa. Espera. Valentina buscó en su otro zapato. Milagrosamente, el billete de 200 pesos seguía ahí, empapado, pero intacto. Para la cena de Sofía, por favor.

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