En la mansión de lujo, mientras los invitados celebraban, una empleada bajó las escaleras del sótano y encontró al hijo del patrón encogido en la oscuridad. Ella dijo que me va a dejar aquí para siempre. El niño de 7 años susurró entre lágrimas. La puerta estaba cerrada por fuera y la nueva esposa del millonario circulaba arriba como si nada estuviera pasando. Antes de comenzar esta historia impactante, comenta desde dónde estás mirando y dale like al video. El silencio del sótano tenía un peso propio, como si el aire mismo se hubiera vuelto sólido alrededor del pequeño Santiago.
Apenas 5 años y medio, el niño permanecía acurrucado en una esquina sobre el piso de concreto frío, abrazando un oso de peluche desgastado, que alguna vez había sido café oscuro, pero ahora lucía grisáceo por el tiempo y las lágrimas. Arriba, en la planta principal de la mansión de Polanco, podía escuchar el tintineo de copas de cristal y las risas elegantes de los invitados de su madrastra. El contraste era brutal. Mientras ella brillaba bajo los candelabros importados de Europa, él temblaba en la oscuridad húmeda, preguntándose si alguien recordaría traerle algo de comer esa noche.
Sus dedos pequeños trazaban patrones invisibles en el piso polvoriento y sus ojos oscuros, demasiado grandes para su rostro pálido, miraban fijamente la única bombilla que colgaba del techo, parpadeando débilmente. La historia había comenzado diferente. Apenas 8 meses atrás, la vida de Santiago transcurría en la habitación del segundo piso, decorada con murales del espacio y estantes llenos de libros ilustrados que su padre le había comprado en la librería Gandhi. Roberto Mendoza, fundador de Tech Vision Global, la empresa de innovación tecnológica más exitosa de México, había sido un padre distante, pero presente en los momentos importantes.
Llevaba a Santiago a desayunar chilaquiles los domingos en un pequeño lugar de la colonia Roma que nadie de su círculo conocía, un secreto entre ellos dos. Pero eso fue antes de Valentina, antes de que la elegante Socialite con sus vestidos de Carolina Herrera y su sonrisa perfectamente calculada entrara a sus vidas como un torbellino de perfume caro y promesas susurradas. La boda había sido el evento del año en la Ciudad de México, cubierta por todas las revistas de sociales con 300 invitados en el jardín de una hacienda en Cuernavaca.
Santiago, vestido con un pequeño smoking, había sostenido las argollas con manos temblorosas, sin entender por qué su estómago se sentía tan pesado. Rosa Gutiérrez había trabajado en la residencia Mendoza durante 3 años antes de que Valentina llegara. Como jefa del personal doméstico, conocía cada rincón de la casa, cada rutina, cada preferencia de don Roberto y especialmente cada necesidad de Santiago. Tenía 42 años, manos fuertes de tanto trabajar y ojos que no perdían detalle. Provenía de Oaxaca. Había criado a sus propios hermanos menores cuando su madre enfermó y reconocía el dolor en un niño como quien reconoce el sonido de la lluvia.

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