Héctor la había preparado durante días sobre qué esperar, cómo comportarse, qué decir si la llamaban a declarar. Del otro lado del pasillo estaba el equipo de defensa de Valentina, tres abogados con trajes caros y maletines de piel encabezados por un litigante famoso llamado Ricardo Montero, conocido por defender a empresarios en problemas. Valentina misma estaba presente vestida en tonos grises elegantes con el cabello perfectamente peinado y maquillaje que proyectaba vulnerabilidad calculada. Roberto Mendoza estaba a su lado, luciendo confundido y devastado, todavía sin procesar completamente que su esposa podría ser capaz de lo que se le acusaba.
La audiencia fue técnica centrada en la solicitud de medidas de protección inmediatas para Santiago. Héctor presentó la evidencia, el informe médico del doctor Ruiz, los registros de seguridad analizados por Carlos Vega, las fotografías, los testimonios escritos de Manuel, Laura y Sofía. El juez Campos escuchó con expresión inescrutable, tomando notas ocasionales, pidiendo aclaraciones sobre detalles específicos. La defensa de Valentina, liderada por Montero, fue agresiva y estratégica. Atacaron la credibilidad de Rosa, presentándola como una empleada despedida con resentimientos, sugiriendo que las acusaciones eran un intento de extorsión.
Cuestionaron la validez del informe médico, argumentando que no establecía causación directa entre el estado del niño y acciones específicas de Valentina. Señalaron que los registros de seguridad solo mostraban ubicaciones, pero no contextos, que podría haber explicaciones inocentes para todo. Presentaron cartas de recomendación de organizaciones caritativas alabando el trabajo filantrópico de Valentina, fotografías de ella con Santiago en eventos públicos donde el niño lucía bien vestido y aparentemente feliz. Montero habló con la confianza de quien sabe que el dinero compra no solo abogados caros.
sino también el beneficio de la duda del sistema. Pero cuando el juez preguntó directamente si la defensa podía explicar por qué Santiago había estado en el sótano durante periodos prolongados, según los registros electrónicos, hubo una pausa notable. Montero improvisó sugiriendo que el niño jugaba allí por elección, que los datos estaban mal interpretados, que se necesitaba más investigación. El juez Campos no pareció convencido, pero tampoco podía actuar sin más evidencia. Al final de la audiencia ordenó una evaluación psicológica de Santiago por parte de peritos independientes y programó una nueva sesión en tres semanas.
No fue la victoria que Rosa esperaba, pero tampoco fue una derrota total. Héctor le explicó afuera del juzgado. Es un maratón, no una carrera de velocidad. El psicólogo forense que el juzgado asignó para evaluar a Santiago se llamaba Fernando Ortega. Tenía 42 años de experiencia trabajando con menores traumatizados y una reputación de ser absolutamente incorruptible. Su oficina en un edificio gubernamental de la colonia Doctores era acogedora en comparación con muchos espacios oficiales. Paredes pintadas en colores cálidos, juguetes educativos en estantes, una pecera con peces tropicales que nadaban tranquilamente.
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