Santiago llegó a la primera sesión acompañado por una trabajadora social diferente, no Patricia, sino alguien asignado por el juzgado para mantener imparcialidad. El niño estaba notablemente más delgado que en las fotografías de meses atrás, con ojeras que parecían hematomas y una manera de moverse que era simultáneamente cautelosa y asustadiza. Fernando comenzó despacio sin presionar, simplemente dejando que Santiago explorara el espacio, escogiera juguetes, se sintiera seguro. Les tomó tres sesiones de una hora cada una antes de que Santiago comenzara a abrirse.
Lo hizo no con palabras directas, sino con dibujos, imágenes de una casa grande con ventanas oscuras, una figura femenina con colores rojos y negros, un niño pequeño encerrado en un cuadrado en el sótano. Los dibujos eran perturbadores en su claridad emocional, cada trazo revelando capas de miedo y soledad. En su informe oficial para el juzgado, Fernando Ortega no dejó espacio para interpretaciones ambiguas. describió signos claros de Sininte, trauma psicológico compatible con negligencia emocional prolongada y maltrato sistemático.
Documentó el lenguaje corporal de Santiago, cómo se encogía cuando escuchaba voces femeninas fuertes, cómo obsesivamente revisaba las puertas para asegurarse de que no estuvieran cerradas con llave, como su nivel de ansiedad se disparaba cuando se mencionaba regresar a casa. El psicólogo aplicó pruebas estandarizadas que mostraban retrasos en desarrollo socioemocional, síntomas de depresión infantil y estrategias de afrontamiento típicas de niños que viven en ambientes hostiles. La conclusión era inapelable. Santiago había sido sujeto a un patrón consistente de maltrato y regresar al cuidado de la persona responsable representaba un riesgo significativo para su bienestar físico y psicológico.
El informe de 27 páginas con anexos fue presentado al juez campos dos semanas después de la primera audiencia. Héctor lo leyó tres veces en su oficina, sintiendo cada vez que lo hacía una mezcla de triunfo porque confirmaba todo lo que habían argumentado y tristeza profunda por el sufrimiento que esas palabras clínicas documentaban. Mientras el proceso legal avanzaba, Rosa no permanecía pasiva. Con el apoyo de Patricia, estableció un hogar seguro temporal en caso de que Santiago fuera removido de la mansión antes del juicio completo.
Era un pequeño departamento de dos habitaciones que Patricia ayudó a conseguir a través de un programa del DIF ubicado en la colonia Narbarte. Rosa dedicó sus ahorros y las donaciones de algunos aliados para equiparlo. Una cama infantil con cobijas suaves, juguetes apropiados para la edad, libros con ilustraciones coloridas, paredes pintadas en azul cielo con nubes blancas que ella misma había dibujado torpemente, pero con amor. En una esquina puso un estante pequeño donde colocó el oso de peluche que había rescatado del sótano cuando tuvo la oportunidad, ahora lavado y cocido donde había estado rasgado.
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