¿Te acuerdas de Rosa, la señora que te cuidaba? Los ojos del niño se iluminaron ligeramente ante la mención del nombre. Rosa está esperándote. Va a cuidarte ahora y nadie va a lastimarte más, ¿me entiendes? Santiago asintió despacio, todavía procesando. Le permitieron recoger su mochila de su casillero y mientras caminaban hacia el coche del DIF en el estacionamiento, Santiago preguntó con voz pequeña, “¿Ya no tengo que ir al sótano?” Patricia tuvo que hacer un esfuerzo para mantener su voz profesional cuando respondió, “Nunca más, mi amor, nunca más.” El viaje del departamento temporal en Narbarte fue silencioso, excepto por el sonido del tráfico de la Ciudad de México, filtrándose a través de las ventanas del coche.
Santiago miraba por la ventana observando edificios y calles como si estuviera viendo el mundo por primera vez. Cuando llegaron al edificio modesto de cuatro pisos, subieron las escaleras hasta el segundo nivel. Patricia tocó la puerta con un patrón específico y cuando se abrió allí estaba Rosa. El encuentro fue algo que ninguno de los presentes olvidaría. Santiago se quedó paralizado un momento, como si no pudiera creer lo que veía sus ojos, y entonces corrió hacia Rosa con toda la fuerza de sus piernas pequeñas.
Ella lo recogió, aunque ya era grande y pesaba, y lo sostuvo como si nunca fuera a soltarlo. Estoy aquí, mi niño, susurró Rosa contra su cabello, repitiendo la frase que se había convertido en su promesa. Estoy aquí y voy a cuidarte siempre. Santiago lloró entonces no con el llanto silencioso y aterrorizado del sótano, sino con el llanto liberador de quien finalmente se siente seguro. Rosa lo llevó adentro y mientras Patricia completaba el papeleo de transferencia de custodia, Santiago descubrió su nueva habitación, las nubes en las paredes, el oso de peluche esperándolo en la cama, sus libros rescatados en el estante.
Los días siguientes fueron de ajuste y sanación gradual. Rosa estableció rutinas simples pero consistentes. Desayuno a las 8 con pan dulce de la panadería de la esquina y chocolate caliente. Actividades educativas por la mañana que Patricia había recomendado. Almuerzo nutritivo que Rosa preparaba con esmero. Siestas y Santiago la necesitaba. tarde en el pequeño parque cercano donde podía jugar sin miedo. Cada comida era una oportunidad de recuperar peso y salud. Cada abrazo una inversión en reconstruir confianza. Cada estoy aquí una reafirmación de seguridad.
Santiago no hablaba mucho al principio. Seguía procesando todo lo que había pasado, pero Rosa no presionaba. Le leía cuentos antes de dormir, historias de héroes y aventuras donde los buenos siempre ganaban. Una noche, mientras leían sobre un caballero que rescataba a un dragón incomprendido, Santiago interrumpió para preguntar, “Rosa, ¿por qué ella me odiaba?” La pregunta era imposible de responder completamente, pero Rosa hizo su mejor esfuerzo. Algunas personas tienen corazones muy pequeños, mi niño. No tiene nada que ver contigo.
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