Nueva Esposa del Millonario “Olvida” a su Hijo en el Sótano, Hasta que la Criada Hace Esto…

Desde el primer día después de la boda, notó los cambios sutiles, como Valentina apartaba su plato cuando Santiago intentaba sentarse a desayunar, como sus ojos se endurecían cuando el niño entraba a una habitación, como su voz, tan melosa con Roberto y los invitados se volvía cortante y fría cuando se dirigía al pequeño. Al principio, Rosa pensó que era el ajuste normal de una nueva familia, los roses inevitables. Pero las señales se multiplicaron como grietas en un vidrio.

La primera vez que Rosa encontró a Santiago en el sótano fue un martes por la tarde. Había bajado a buscar unas mantas extra para la visita que llegaría esa noche y el sonido de un soyo, ahogado la detuvo en seco. El olor a humedad y polvo llenaba sus pulmones mientras sus ojos se ajustaban a la penumbra. Allí, entre cajas de cartón apiladas y muebles cubiertos con sábanas blancas, estaba Santiago, con la ropa arrugada y sucia, el rostro surcado por lágrimas secas.

Rosa sintió que el corazón se le estrujaba en el pecho. Se arrodilló frente al niño, ignorando el frío del concreto que se filtraba a través de su uniforme, y extendió las manos con cuidado, como quien se acerca a un animal herido. La voz de Santiago salió quebrada cuando le explicó que su mamá Valentina le había dicho que debía quedarse ahí hasta que aprendiera a no ser una molestia. Rosa lo envolvió en sus brazos, sintiendo como el cuerpecito temblaba, y susurró contra su cabello oscuro.

Estoy aquí, mi niño. Estoy aquí. El oso de peluche cayó al suelo entre ellos y Rosa lo recogió limpiándole el polvo con ternura antes de devolverlo a las manos pequeñas de Santiago. Esa noche Rosa no pudo dormir en su cuarto de servicio. Las imágenes del niño en el sótano se repetían en su mente como una película atascada en el mismo cuadro horrible. A las 3 de la mañana se levantó y caminó descalza hasta la cocina, donde preparó chocolate caliente de la manera tradicional que su abuela le había enseñado, batiendo con el molinillo de madera hasta que la espuma se formó perfecta.

Subió silenciosamente las escaleras, evitando los escalones que crujían, y se detuvo frente a la puerta del que alguna vez había sido el cuarto de Santiago. Ahora era una oficina de diseño minimalista para Valentina. Todo en tonos blancos y grises. El niño dormía en una habitación pequeña al final del pasillo, la que antes usaban para almacenar maletas. Rosa entró sin hacer ruido y encontró a Santiago despierto, mirando el techo con ojos vacíos. Le ofreció la taza de chocolate y cuando los dedos del niño se cerraron alrededor del calor, Rosa vio un destello de algo parecido a la esperanza.

Se sentó en el borde de la cama estrecha y le habló en voz baja sobre las leyendas de Oaxaca, sobre el alebrije que su abuelo había tallado para ella cuando era niña, tratando de llenar ese cuarto frío con algo de calor humano. La transformación de Valentina de novia radiante a madrastra cruel había sido gradual deliberada en público. Especialmente cuando Roberto estaba cerca, se mostraba como la esposa perfecta y la madre adoptiva dedicada. organizaba eventos de caridad en el museo Tamayo, donaba generosamente a fundaciones infantiles y se aseguraba de que los fotógrafos capturaran sus momentos más favorecedores.

En las páginas de sociales de El Universal y Reforma aparecía siempre impecable, con Santiago estratégicamente posicionado en algunas fotos, sonriendo débilmente mientras ella posaba con la mano sobre su hombro. Pero en privado, cuando Roberto viajaba a sus oficinas en Silicon Valley o a reuniones en Monterrey, Valentina mostraba su verdadero rostro. Sus métodos eran calculados. Nunca dejaba marcas visibles. Nunca levantaba la voz en presencia de testigos. Nunca hacía nada que pudiera documentarse fácilmente. La negligencia emocional era su arma favorita, el aislamiento su estrategia y el sótano, su herramienta de castigo.

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