Nueva Esposa del Millonario “Olvida” a su Hijo en el Sótano, Hasta que la Criada Hace Esto…

La segunda vez que Rosa encontró a Santiago en el sótano fue peor. Era un domingo, día en que usualmente tenía libre, pero había olvidado su suéter y regresó a la mansión por él. La casa estaba en silencio. Roberto había salido a jugar golf al club en bosques. Valentina estaba en un branch circuito social. Rosa bajó al sótano por intuición más que por lógica, y lo que encontró la llenó de una furia fría y controlada. Santiago llevaba ahí desde la noche anterior, según le confesó entre lágrimas.

No había comido nada, solo había bebido agua de una botella vieja que encontró entre las cajas. Su ropa estaba empapada de orina porque no se había atrevido a salir y su piel estaba helada al tacto. Rosa lo cargó, aunque ya estaba creciendo y pesaba más de lo que sus brazos podían sostener cómodamente, y lo subió a su propio cuarto de servicio. Lo bañó en la pequeña ducha con agua tibia, envolvió su cuerpecito en una toalla limpia que olía a suavizante de rosas y le preparó quesadillas con tortillas recién hechas que había guardado.

Mientras Santiago comía con la desesperación del hambriento, Rosa tomó su teléfono y grabó un video corto documentando el estado en que lo había encontrado, su ropa mojada, sus lágrimas, sus palabras entrecortadas, explicando por qué estaba en el sótano. El lunes por la mañana, Rosa tomó una decisión que cambiaría todo. Durante su hora de almuerzo caminó tres cuadras hasta una oficina del DIFE local que había identificado en su investigación. El edificio era modesto, con paredes de color beige y plantas marchitas en macetas de plástico.

La trabajadora social que la atendió se llamaba Patricia Moreno, una mujer de unos 35 años con lentes de marco grueso y una expresión que mezclaba el cansancio de haber visto demasiado con la determinación de seguir intentando. Rosa le mostró su cuaderno, las fotografías en su teléfono, le contó cada detalle con voz firme, aunque las manos le temblaban. Patricia escuchó con atención, tomando sus propias notas, haciendo preguntas específicas sobre tiempos, lugares, testigos. Al final de la entrevista, que duró casi 2 horas, Patricia le explicó el proceso.

Necesitarían más evidencia. Un reporte médico sería crucial. Testimonios adicionales fortalecerían el caso. Le dio a Rosa su tarjeta personal y un número de teléfono directo. “No estás sola en esto”, le dijo. Y esas palabras fueron como un salvavidas arrojado en medio de un mar tormentoso. Conseguir que Santiago viera a un médico sin que Valentina lo supiera era como armar un plan de espionaje. Rosa coordinó con Patricia, quien a su vez contactó a un pediatra de un hospital público que colaboraba con casos de maltrato infantil.

El Dr. Javier Ruiz trabajaba en el hospital pediátrico de Coyoacán, un hombre de unos 50 años con cabello gris y una paciencia infinita con los niños asustados. Rosa llevó a Santiago una tarde usando como excusa una supuesta cita dental que Valentina había olvidado cancelar. En el consultorio, bajo las luces fluorescentes que zumbaban suavemente, el Dr. Ruiz examinó a Santiago con movimientos precisos y gentiles. Midió su peso y altura comparándolos con las tablas de crecimiento. El niño estaba significativamente bajo el percentil esperado para su edad, con signos de desnutrición crónica, piel pálida, ojeras profundas, cabello sin brillo, uñas quebradizas.

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