Cuando Rosa entró a su oficina escoltada por Patricia y comenzó a contarle la historia completa, Héctor escuchó con la intensidad de un detective escuchando la confesión del testigo clave. Le pidió ver todas las evidencias, el cuaderno con las anotaciones, las fotografías, el video, el informe médico del Dr. Ruiz. Las revisó una por una haciendo preguntas específicas sobre fechas, lugares, personas presentes. Al final cerró la carpeta que había estado armando y miró a Rosa directamente a los ojos.
“Tenemos material para construir un caso sólido”, dijo. “Pero necesitamos más. Necesitamos testimonios adicionales. Necesitamos acceso a registros de la casa y sobre todo, necesitamos actuar antes de que ella destruya cualquier evidencia que pueda quedar. El plan que diseñaron esa tarde en la oficina de Héctor era ambicioso pero necesario. Primero, presentarían una denuncia formal ante la Fiscalía Especializada en Delitos contra la familia con toda la evidencia recopilada hasta el momento. Simultáneamente solicitarían una orden de protección temporal para Santiago, argumentando riesgo inminente basado en el patrón de maltrato documentado.
Patricia desde el DIFE respaldaría la solicitud con su propia evaluación del caso. Mientras tanto, Rosa y Héctor intentarían localizar y entrevistar a otros empleados actuales o anteriores de la Casa Mendoza, buscando testimonios que confirmaran el patrón de comportamiento de Valentina. Héctor explicó que el proceso legal tomaría tiempo, que habría audiencias, que Valentina probablemente contrataría a los mejores abogados defensores que el dinero pudiera comprar. Pero la verdad es poderosa”, dijo. Y Rosa quiso creer en esas palabras con cada fibra de su ser.
Salió de la oficina con una copia de toda la documentación guardada en un sobre Manila, sintiendo por primera vez en semanas que quizás, solo quizás, Santiago tendría una oportunidad. La campaña de difamación comenzó dos días después y fue brutal en su precisión. Valentina había contratado a una agencia de relaciones públicas que manejaba crisis para figuras públicas. y su estrategia fue impecable en su crueldad. Primero llegaron los artículos en sitios de noticias de espectáculos con titulares sensacionalistas. Exempleada acusa falsamente a filántropa prominente de maltrato infantil.
Las historias pintaban a Rosa como una mujer despechada, resentida por su despido justificado tras robar joyas valiosas. Incluían fotografías de Valentina en sus eventos de caridad, sonriendo junto a niños de orfanatos, posando con cheques de donaciones generosas. En contraste, no había fotos favorecedoras de Rosa, solo su nombre y vagos detalles sobre su pasado que hacían que sonara sospechosa. Los comentarios en redes sociales fueron despiadados. Usuari anónimos la llamaban aprovechada, mentirosa, intentando extorsionar a una familia adinerada. Rosa leyó algunos de esos comentarios en la computadora de un café internet cerca de su departamento rentado en la
colonia obrera y sintió náuseas, pero Héctor le había advertido que esto pasaría, que era parte del juego sucio, que no debía responder públicamente ni dejarse provocar. Manuel Ríos, el jardinero, fue el primer empleado que Héctor y Rosa lograron contactar después de días de búsqueda. Había trabajado en la mansión Mendoza durante 7 años, podando los rosales importados y manteniendo el césped perfectamente nivelado. Rosa siempre había pensado que era leal a Valentina, pero descubrió que la realidad era más compleja.
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