Un patrón consistente de maltrato, evidencia sólida siendo ignorada en favor de narrativas que protegían a los poderosos. Gabriel escribió un artículo largo de tres páginas completas en la edición dominical titulado Detrás del velo de la filantropía, cuando la riqueza oculta el dolor. No mencionaba nombres por restricciones legales, pero los detalles eran suficientemente específicos para que cualquiera involucrado en el caso los reconociera. El artículo incluía entrevistas con expertos en maltrato infantil, estadísticas sobre cómo los casos que involucran a familias adineradas son frecuentemente ignorados o minimizados y un llamado a que el sistema judicial actuara sin favoritismos.
La respuesta pública fue inmediata. Comenzaron a aparecer más artículos, más periodistas interesándose en el caso, más voces cuestionando la versión oficial de Valentina. En su departamento pequeño de la colonia obrera, Rosa estableció una rutina que la mantenía cuerda en medio del caos. Cada mañana se levantaba temprano, preparaba café de olla en su estufa de gas y revisaba sus notas del día anterior. Había conseguido trabajo temporal limpiando oficinas por las noches, lo que le daba libertad durante el día para asistir a las reuniones con Héctor y Patricia.
Las paredes de su departamento estaban cubiertas con una línea de tiempo que había creado manualmente cada evento relacionado con Santiago conectado con pedazos de hilo, creando un mapa visual del maltrato que parecía una telaraña compleja. Cada noche, antes de dormir, Rosa sacaba su teléfono y miraba las fotografías de Santiago. Su sonrisa tímida antes de que Valentina llegara, su rostro pálido y triste en las imágenes recientes. Estoy aquí, susurraba al teléfono como si el niño pudiera escucharla a través del tiempo y la distancia.
No te he olvidado. Nadie te va a olvidar. Era su mantra, su promesa. La cuerda que la mantenía atada a su propósito cuando el cansancio amenazaba convencerla. La biblioteca pública Vasconcelos se convirtió en un refugio y herramienta para el equipo que trabajaba en el caso de Santiago. Su arquitectura imponente, con estantes que parecían flotar en el aire y luz natural que entraba por los ventanales enormes, contrastaba con la oscuridad del sótano donde habían encontrado a Santiago. Rosa pasaba horas allí con Patricia y ocasionalmente con Héctor, revisando jurisprudencia, casos similares, estrategias legales documentadas.
El bibliotecario, un hombre llamado Arturo Delgado, de unos 30 años, con una pasión genuina por ayudar a la gente, notó su trabajo y discretamente le señaló recursos adicionales, bases de datos de fallos judiciales, contactos de organizaciones de derechos infantiles, incluso un pequeño cuarto de estudio que podían usar de manera privada. Arturo mismo se convirtió en un aliado silencioso, ofreciendo café cuando trabajaban tarde, imprimiendo documentos sin cobrarles, guardando sus carpetas en un locker seguro. “Los niños merecen ser defendidos”, les dijo una tarde mientras les traía una pila de sentencias judiciales relevantes.
“Y ustedes están haciendo lo correcto. ” Su apoyo, aunque pareciera pequeño, era un recordatorio de que la humanidad básica todavía existía en el mundo. La primera audiencia judicial fue en un juzgado familiar del Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de México, un edificio de concreto en el centro histórico con pasillos que olían a papel viejo y café. Rosa llegó nerviosa, vestida con su mejor ropa, un conjunto sencillo pero digno que Patricia la había ayudado a escoger en un mercado.
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