Mi abogado envió cartas certificadas a cada uno de mis hijos la semana siguiente, informándoles de que todo mi patrimonio —lo poco que quedaba— iría a John. Para evitar sorpresas, las cartas incluían pequeños gestos simbólicos.
Diana recibiría un collar de plata que una vez elogió a los dieciséis años. Carly recibiría el jarrón de cristal que despreciaba. Y Ben recibiría un viejo despertador de latón que odiaba porque lo despertaba a tiempo.
Ya lo había arreglado.
Eso era todo: nada más y nada menos.
La reacción fue rápida. Hubo amenazas legales, correos electrónicos hirientes y un mensaje de voz de Carly tan fuerte y agudo que John tuvo que salir a respirar.
Lo encontré en la escalera de atrás más tarde esa noche, con las manos juntas y la mirada perdida.
"Están enfadados, mamá", dijo en voz baja. "No quería que esto se pusiera feo".
La reacción fue rápida.
"Lo sé, cariño", respondí. Yo tampoco. Pero tomaron su decisión hace años, John. Después de la universidad, todos me abandonaron. Sí, fui a las bodas de Diana y Carly, pero no me llamaron para el nacimiento de sus hijos. Ben se casó en Tailandia y no me invitó. No pediste nada.
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