Nunca imaginé que el recién nacido que encontré cerca de un contenedor de basura un día me llamaría al escenario, 18 años después.

¿Y yo?

Soy el capítulo que cerraron silenciosamente.

Las fiestas van y vienen como el viento en una calle vacía. Cada año, las excusas cambian, pero el resultado nunca.

"Los vuelos están muy caros ahora mismo, mamá".
"Los niños tienen programas".
"Esta vez pasaremos la Navidad con los suegros".
"Quizás el año que viene".

El año que viene nunca llega.
Así que sigo trabajando. Sigo limpiando el mundo en el que viven, aunque hayan olvidado a la mujer que ayudó a construirlo.

Por eso estaba en la parada de la autopista ese martes por la mañana temprano, sola, a mitad de mi turno, pasando la fregona por las baldosas frías mientras el cielo afuera seguía negro.

Fue entonces cuando lo oí.

Al principio, no sonó a nada. Un ruido suave y roto. Casi como un gatito perdido.

Dejé de respirar.

Luego volvió, esta vez más claro. Un llanto débil y desesperado que no pertenecía a un baño vacío.

Dejé caer la fregona y seguí el sonido.

Me llevó detrás del segundo cubo de basura, el que siempre se desbordaba primero. Me arrodillé, con el corazón latiéndome con fuerza, y aparté el cubo.

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