Nunca imaginé que el recién nacido que encontré cerca de un contenedor de basura un día me llamaría al escenario, 18 años después.

Y allí estaba.

Un niño recién nacido.
Pequeñito. Temblando. Envuelto en una manta sucia y raída, entre toallas de papel rotas y envoltorios vacíos de bocadillos. Alguien le había puesto una sudadera azul marino descolorida debajo, como si esa pequeña misericordia pudiera compensarlo todo.

Estaba vivo.

Apenas.

Lo abracé sin pensarlo, apretándolo contra mi pecho como si el instinto recordara algo que mi mente aún no había captado.

Y en ese momento, de pie en el frío suelo del baño con un bebé que había sido abandonado, me di cuenta de que algo había cambiado para siempre.

Porque por primera vez en años...
alguien me necesitaba.

Aunque lo hubieran dejado allí, alguien se había tomado un momento para asegurarse de que estuviera lo más cómodo posible. No le habían hecho daño. Simplemente lo habían dejado allí, esperando a que alguien lo salvara.

Había una nota metida en la manta:

"No pude hacerlo. Por favor, protégelo".

"Dios mío", susurré. "Cariño, ¿quién pudo haberte dejado atrás?"

"No pude hacerlo. Por favor, protégelo". No respondió, por supuesto, pero sus pequeños puños se apretaron con más fuerza. El corazón me dio un vuelco. Lo atrajo hacia mis brazos y lo envolví en mi jersey. Tenía las manos mojadas y ásperas. Mi uniforme olía a lejía, pero nada de eso importaba.

"Te tengo", dije, levantándolo con cuidado. "Ya estás a salvo. Te tengo".

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.