Daniel me miró como si viera a un extraño. “¿Por qué… por qué no me lo dijiste?”
“Porque”, dije con suavidad, “quería saber cómo tratabas a alguien que asumías que no tenía nada”.
El silencio envolvió la habitación como una manta pesada.
Lorraine fue la primera en recuperarse, y su tono cambió al instante.
“¡Ay, cariño, antes no queríamos decir nada, solo queríamos protegerte!”
La miré a los ojos. “Los buenos padres no insultan a la gente por sus ingresos percibidos”.
Daniel me tomó de la mano. "Cariño, no quise..."
"No me defendiste", susurré. "Ni una sola vez".
Me puse de pie.
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