—Hijo mío, este tatuaje… ¿de quién es?
La pregunta quedó suspendida en el aire, temblando entre el ruido de la calle y el aroma del pan recién horneado.
El joven del tatuaje se quedó paralizado. Bajó el brazo lentamente, como si la imagen se le hubiera vuelto demasiado pesada. Miró a la señora Elena a los ojos y, por un instante, algo se quebró en su expresión endurecida. No respondió de inmediato. Sus amigos intercambiaron miradas inquietas.
—Me llamo Daniel —dijo finalmente—. Este tatuaje… es de mi hermana.
La señora Elena sintió que el mundo se tambaleaba. Se apoyó en el marco de la puerta para no desplomarse.
—¿Tu hermana? —susurró—. ¿Cómo se llamaba?
Daniel tragó saliva.
-"Sofía."
El silencio que siguió fue absoluto. Coches, voces, incluso pájaros, parecieron desvanecerse. Elena sintió que sus piernas flaqueaban. Ocho años de oraciones, búsquedas y noches de insomnio se estrellaron en esa sola palabra.
—“¿Dónde… dónde está?” preguntó con un hilo de voz.
Daniel pidió sentarse. Elena los acompañó a la panadería. Le ofreció agua, pero le temblaban tanto las manos que tomó la jarra y se la sirvió él mismo.
Daniel comenzó a hablar lentamente, como quien reabre una herida que nunca ha sanado.
Ocho años antes, cuando tenía diecisiete años, vivía con su madre en un pequeño pueblo del interior de Jalisco. Su madre, Teresa, limpiaba casas y apenas ganaba lo suficiente para sobrevivir. Un día llegó a casa con una niña de largas trenzas y mirada asustada. Dijo que la había encontrado sola, llorando cerca de la carretera, y que nadie parecía buscarla.
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