Toda la tensión del día, el miedo en la carretera, el frío y ahora esto. Iba a pasar la nochebuena atrapada en un pueblo extraño, sola. ¿Hay algún hotel aquí? Hay una posada pequeña a tres cuadras. Pero Ramón vaciló. Probablemente esté cerrada por las fiestas. Los dueños siempre viajan a visitar a su familia en Navidad. En ese momento se escuchó el sonido de un vehículo estacionándose afuera. Una joven entró al taller cargando un termo grande. Papá, te traje café caliente.
Pensé que podrías necesitarlo con este frío. Lucía se detuvo al ver a Teresa y su expresión cambió inmediatamente a una de sorpresa seguida de comprensión. Hola, soy Lucía. Tú debes ser la persona que papá encontró en la carretera. Sí, soy Teresa. Tu padre ha sido increíblemente amable ayudándome. Ya pudieron arreglar el vehículo. Ramón sacudió la cabeza. Necesita una pieza que no llegará hasta el miércoles. Lucía miró a su padre, luego a Teresa, y frunció el ceño. ¿Y dónde vas a quedarte?
Iba a buscar la posada. Está cerrada. Papá me dijo esta mañana que los señores Martínez viajaron ayer. Un silencio incómodo llenó el taller. Teresa buscaba desesperadamente una solución en su mente. Tal vez podría llamar a alguna colega o alquilar algo por internet si conseguía buena señal. No puedes pasar la nochebuena sola buscando dónde quedarte, dijo Lucía de repente con una determinación que sorprendió a Teresa. Papá, ella debería venir a cenar con nosotros. Lucía, no creo que No, papá, piénsalo.
Es Nochebuena. ¿Qué diría el abuelo si supiera que dejamos a alguien sola en una noche así? Siempre decías que él jamás dejaba a nadie en problemas. Ramón miró a su hija, luego a Teresa. Había algo en sus ojos que Teresa no podía descifrar del todo. Preocupación tal vez, o quizás la lucha interna entre su naturaleza servicial y su cautela natural. “No quiero imponerme”, dijo Teresa rápidamente. “Ya han hecho demasiado por mí. ¿Puedo encontrar algo?” “¿Dónde?”, preguntó Lucía con lógica irrefutable.
Todo está cerrado, todos están con sus familias y, honestamente, nadie debería estar solo en Nochebuena. Es triste. La palabra quedó flotando en el aire. Triste. Teresa había planeado exactamente eso para esta noche. Pedir comida a domicilio a su apartamento vacío, ver alguna película y llamarlo Navidad. Había dejado de celebrar estas fechas de manera significativa hacía años. El trabajo siempre la mantenía ocupada, viajando sin tiempo para crear tradiciones propias. “Mi hija tiene razón”, dijo Ramón finalmente. “Su voz más suave, no está bien dejarla sola esta noche.
Si no le importa una cena sencilla, sería un honor que nos acompañara.” Teresa sintió un nudo en la garganta. La gentileza de estos extraños, especialmente después del día horrible que había tenido, era casi demasiado para procesar. ¿Están seguros? No quiero ser una carga. No es una carga. Interrumpió Lucía con una sonrisa genuina. Es una invitada y honestamente sería lindo tener alguien nuevo en la mesa. Papá y yo somos solo nosotros dos y a veces la casa se siente un poco vacía.
En Navidad había una vulnerabilidad en esas palabras que tocó algo profundo en Teresa. Esta pequeña familia también tenía sus ausencias, sus espacios vacíos en la mesa. Entonces, acepto. Gracias. De verdad, no saben cuánto significa esto para mí. Ramón cerró el capó del vehículo y apagó el equipo de diagnóstico. Voy a pedir la pieza mañana a primera hora, aunque sea festivo. Con suerte llegará el miércoles temprano y podrá estar en camino antes del mediodía. Gracias, Ramón por todo.
Mientras cerraban el taller y se preparaban para ir a la casa, Teresa sintió una emoción extraña que no había experimentado en años. Por primera vez en mucho tiempo no iba a pasar las fiestas sola. Y aunque era con extraños, había algo en la calidez de Lucía y la bondad tranquila de Ramón que la hacía sentir por primera vez en esta horrible noche, que tal vez las cosas iban a estar bien. El frío de la noche ya no parecía tan penetrante mientras subían a sus respectivos vehículos.
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