PADRE SOLTERO AYUDÓ A UNA MUJER SIN SABER QUE ERA LA JUEZA QUE TENÍA SU DESTINO EN SUS MANOS…

Papá, Elena, ¿es tu novia? Manuel casi se atraganta con su propia saliva. ¿Qué? No, cariño, es solo una amiga que acabo de conocer. Pero te miraba como la princesa mira al príncipe en las películas, insistió la niña convencida de su observación. Las princesas y los príncipes son complicados en la vida real, Lucía”, respondió Manuel acariciando su cabello. “Ahora a dormir, mañana hay escuela.” Después de apagar la luz, Manuel se quedó un momento en el pasillo pensando en las palabras de su hija.

¿Realmente Elena lo había mirado de manera especial? ¿O era solo la imaginación romántica de una niña influenciada por cuentos de hadas? Cualquiera que fuera la verdad, Manuel se encontró sonriendo ante la posibilidad. La vida le había enseñado que los caminos más inesperados a veces conducían a los destinos más hermosos. Mientras se preparaba para dormir, miró el número de Elena en su teléfono. Mañana la llamaría para concretar ese café. Y quién sabe, tal vez aquel encuentro fortuito en la carretera que tanto había temido que complicara su caso, resultaría ser el principio de algo completamente nuevo y esperanzador.

A veces, reflexionó Manuel, las mejores decisiones son aquellas tomadas no calculando beneficios, sino simplemente haciendo lo correcto. Su padre siempre tuvo razón. La honestidad, aunque a veces parecía el camino más difícil, a menudo resultaba ser el más gratificante. Los días siguientes transcurrieron con una extraña mezcla de normalidad y anticipación para Manuel. La rutina recién establecida con sus hijos ocupaba gran parte de su tiempo y energía. Desayunos apresurados antes de la escuela, ayuda con las tareas por las tardes, baños y cuentos antes de dormir.

Cada pequeño momento cotidiano se convertía en un tesoro, algo que apenas unos meses atrás había considerado un lujo inalcanzable. Sin embargo, entre reuniones de trabajo y obligaciones parentales, su mente regresaba constantemente a Elena y a la promesa de aquel café pendiente. Varias veces había tomado el teléfono, escrito un mensaje y luego lo había borrado, inseguro sobre qué decir exactamente. ¿Cómo se invita a salir a alguien que te juzgó profesionalmente? ¿Existía un protocolo para estas situaciones? Estás comportándote como un adolescente.

Se reprendió a sí mismo mientras conducía hacia la obra en una lluviosa mañana de miércoles. Los niños estaban con Claudia hasta la tarde y el trabajo se había convertido en su refugio durante esas horas en que la casa se sentía demasiado vacía. Al llegar, Francisco lo recibió con noticias inesperadas. Gómez, tenemos un proyecto nuevo. Un juzgado necesita renovar su sistema de climatización y reforzar algunas estructuras. Quiero que supervises personalmente la obra. Manuel lo miró sorprendido. Era la primera vez que Francisco le asignaba una responsabilidad tan importante.

Yo pensé que Alejandro se encargaría de los proyectos públicos. Alejandro está desbordado con el centro comercial. Además, me han dicho que este trabajo requiere máxima discreción y mínimas molestias. Las obras se harán mientras el juzgado sigue funcionando. Necesito a alguien que sepa trabajar sin hacer ruido y curiosamente es una de tus habilidades. Manuel asintió agradecido por la confianza. ¿Cuándo empezamos? mañana mismo. La jueza encargada es bastante estricta con los plazos. Aquí tienes la documentación y su contacto.

Deberás coordinar directamente con ella. Manuel tomó la carpeta y sintió que el corazón le daba un vuelco al leer el nombre. Elena Medina, jueza de primera instancia. El destino aparentemente tenía un peculiar sentido del humor. Aquella tarde, después de recoger a los niños del colegio, Manuel finalmente se decidió. Con los pequeños ya dormidos marcó el número de Elena. Diga, respondió ella al tercer tono. Elena, soy Manuel. Manuel Gómez. Se sintió ridículamente nervioso, como si volviera a tener 16 años.

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