PADRE SOLTERO AYUDÓ A UNA MUJER SIN SABER QUE ERA LA JUEZA QUE TENÍA SU DESTINO EN SUS MANOS…

Manuel, ¿qué sorpresa? Pensé que habías olvidado nuestro café pendiente. Nunca lo olvidé, admitió él. Solo estaba buscando el momento adecuado para llamar y parece que el destino se me ha adelantado. ¿A qué te refieres? Me han asignado la supervisión de las obras en tu juzgado. Aparentemente soy la persona ideal para trabajar sin hacer ruido. La risa cristalina de Elena al otro lado de la línea le provocó una sensación cálida en el pecho. El mundo es un pañuelo comentó ella.

¿Cuándo empiezas? Mañana mismo. Tengo que hacer una evaluación inicial del edificio. Entonces supongo que nos veremos allí. Y quizás podamos tener ese café después, si te parece. Me parece perfecto, respondió Manuel, sin poder evitar sonreír, aunque ella no pudiera verlo. La mañana siguiente, Manuel llegó al juzgado con una mezcla de nerviosismo y entusiasmo profesional. El edificio, una construcción de principios del siglo XX, presentaba problemas típicos de las estructuras antiguas, sistemas obsoletos, grietas en algunas paredes y una distribución que ya no respondía a las necesidades actuales.

“Buenos días, señor Gómez.” La voz formal de Elena lo sorprendió mientras tomaba medidas en un pasillo lateral. Al girarse, la vio en su atuendo profesional, manteniendo una distancia apropiada. “Buenos días, su señoría”, respondió él, entendiendo inmediatamente la necesidad de ese tono formal en el entorno laboral. Me gustaría que revisara especialmente la sala tres. Tenemos problemas de humedad que están afectando algunos expedientes importantes. Por supuesto, lo incluiré en la evaluación de hoy. Excelente. Estaré en mi despacho si necesita algo.

Y su voz bajó ligeramente. Mi descanso para el café es a las 11. Manuel asintió captando el mensaje. Entendido. Durante las siguientes horas, Manuel se concentró en su trabajo haciendo anotaciones detalladas sobre cada aspecto del edificio que necesitaría atención. A las 11 en punto guardó su cuaderno y se dirigió a la cafetería ubicada frente al juzgado. Elena ya estaba allí, sentada en una mesa discreta al fondo del local. Se había quitado la chaqueta formal y su postura era más relajada, menos oficial.

“Puntual”, comentó ella cuando Manuel se acercó. “Me gusta, es una cualidad importante en mi trabajo. Las obras que se retrasan cuestan dinero y en el mío. La justicia tardía rara vez es justicia.” El camarero se acercó y ambos pidieron café. Cuando se quedaron solos, un silencio ligeramente incómodo se instaló entre ellos. Había tantas preguntas por hacer, tantos temas por explorar, que resultaba difícil saber por dónde empezar. Así que, constructor, comenzó Elena rompiendo el hielo. ¿Cómo llegaste a ese oficio?

Tradición familiar. Mi padre era carpintero y crecí entre martillos y cerruchos. Estudié ingeniería, pero siempre me ha gustado el trabajo práctico, ver cómo algo se construye con mis propias manos. Entiendo esa sensación. En mi profesión rara vez vemos resultados tangibles. Y tú, preguntó Manuel, siempre quisiste ser jueza. Elena sonríó como recordando algo lejano. En realidad quería ser bailarina cuando era niña. Luego, en la adolescencia leí matar a un ruisñor y quedé fascinada con la figura de Aticus Finch.

La idea de luchar por la justicia, de defender lo correcto, aunque no sea lo popular. Eso me conquistó. Aticus Finch era un abogado defensor, no un juez. Observó Manuel. Cierto, empecé como abogada trabajando en un bufete de defensa pública, pero después de 10 años me di cuenta de que podría tener un impacto mayor desde el estrado. No fue una decisión fácil. La echas de menos, la abogacía, quiero decir, Elena reflexionó un momento. A veces, como abogada podía apasionarme argumentar con vehemencia.

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