“Necesito hablar contigo sobre el cronograma, Gómez. Los materiales llegarán antes de lo previsto. Por supuesto, terminaré aquí y te busco en 5 minutos.” Cuando Francisco se retiró, el momento de intimidad se había desvanecido, dejando tras de sí una tensión no resuelta. “Debería irme”, dijo Elena recogiendo sus documentos. “Tengo trabajo pendiente, Elena,” la detuvo Manuel. “me gustaría que conocieras a mis hijos. Formalmente, quiero decir, este sábado iremos al festival de otoño en el Parque Central. si no tienes planes.
La invitación quedó flotando entre ellos, cargada de significado. Ya no se trataba solo de cafés robados entre obligaciones laborales. Conocer a sus hijos formalmente implicaba un paso hacia algo más serio, más comprometido. ¿Estás seguro?, preguntó ella. Completamente, respondió Manuel sin vacilar. Les caíste bien en el parque y desde entonces Lucía no ha dejado de preguntar por ti. Elena sonrió visiblemente conmovida. En ese caso, me encantaría acompañarlos. Aquel sábado amaneció luminoso con ese característico aire fresco de mediados de otoño que invita a pasear.
Manuel se despertó temprano, más nervioso de lo que quería admitir. Había pasado la noche anterior limpiando meticulosamente el apartamento, preparando un almuerzo especial y aleccionando sutilmente a los niños. “Elena, ¿es tu novia ahora?”, había preguntado Lucía durante la cena del viernes con esa franqueza demoledora propia de la infancia. No, cariño, es una amiga especial que quiero que conozcáis mejor. Pero te gusta, insistió la niña mordisqueando una zanahoria. Se nota. Manuel había intercambiado una mirada de socorro con Martín, pero su hijo mayor simplemente se encogió de hombros divertido con la situación.
Las relaciones de adultos son complicadas, Lu había intervenido Martín con sorprendente madurez. Deja que papá vaya a su ritmo. Ahora, mientras preparaba el desayuno, Manuel se preguntaba cuándo su hijo mayor se había vuelto tan perceptivo. Quizás los niños siempre veían más de lo que los adultos creían. El timbre sonó exactamente a las 10, la hora acordada. Elena estaba en la puerta con un pastel casero en las manos y una sonrisa ligeramente nerviosa. Espero que les guste el chocolate, dijo a modo de saludo.
El chocolate es prácticamente una religión en esta casa respondió Manuel invitándola a pasar. Los niños aparecieron en el pasillo curiosos pero tímidos. De repente, Lucía se escondía parcialmente detrás de su hermano, un comportamiento inusual en ella. Chicos, ¿recordáis a Elena, verdad? Nos encontramos con ella en el parque hace unas semanas. Hola, saludó Martín educadamente. Gracias por venir. Es un placer volver a ver, respondió Elena. He traído pastel si os apetece. La mención del dulce fue suficiente para romper el hielo.
Lucía se adelantó olvidando su timidez momentánea. ¿De chocolate? Preguntó con ojos esperanzados. Con doble de chocolate, confirmó Elena. Una receta de mi abuela. La mañana transcurrió con sorprendente facilidad. Desayunaron juntos conversando sobre la escuela, libros y las actividades del festival. Luego salieron hacia el parque, donde el ayuntamiento había organizado diversos puestos y atracciones para celebrar la llegada del otoño. Mientras los niños disfrutaban de un espectáculo de títeres, Manuel y Elena se sentaron en un banco cercano, observándolos.
Son maravillosos, comentó ella. Tienes mucha suerte. Lo sé, asintió Manuel. Cada día me sorprenden de alguna manera. Martín con su sabiduría prematura, Lucía con su curiosidad imparable. Son lo mejor que he hecho en mi vida. Sin duda. Se nota cuánto los quieres. Dijo Elena mirándolo con una sonrisa cálida. Y ellos a ti, Manuel sintió un impulso repentino de sinceridad. ¿Sabes? Durante mucho tiempo después de la separación me sentí como un fracaso, como si les hubiera fallado de alguna manera fundamental.
Me torturaba pensando que crecerían con cicatrices emocionales por mis errores. Los niños son resilientes, Manuel, y tú has luchado por ellos. Has puesto sus necesidades por delante de las tuyas. Eso es lo que recordarán, tu presencia, tu esfuerzo, tu amor constante. Eso espero murmuró él observando como Lucía reía a carcajadas con el espectáculo. Quiero que sean felices, que crezcan sintiendo que son amados incondicionalmente, que nunca duden de su valor. Elena tomó su mano discretamente, un gesto simple, pero cargado de significado.
Lo conseguirás, Manuel. Ya lo estás consiguiendo. El contacto de su mano, cálida y reconfortante provocó en Manuel una certeza repentina. Estaba enamorándose de Elena. No era solo atracción o gratitud, sino algo más profundo, basado en conversaciones reales, en valores compartidos, en un entendimiento mutuo que había crecido naturalmente con el tiempo. El momento fue interrumpido por el regreso de los niños, excitados por la siguiente actividad del festival. Mientras avanzaba el día, Manuel observó con asombro como Elena se integraba con naturalidad en su pequeña familia, ayudando a Lucía a decorar una calabaza, discutiendo con Martín sobre su libro favorito, sugeriendo actividades que agradaban a ambos niños
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