Cada sacrificio, cada momento lejos, cada humillación soportada, todo tenía sentido cuando veía sus sonrisas los fines de semana. La audiencia por la custodia se acercaba y el miedo lo invadía por las noches. No era un hombre rico, no tenía una casa grande ni influencias, solo tenía su trabajo, su amor por sus hijos y la determinación de ser un buen padre. Sería suficiente para un juez. Al terminar la jornada, Manuel recibió una llamada de su abogado Raúl. Manuel, hay novedades sobre tu caso.
La jueza original ha sido transferida a otro distrito y han asignado a alguien nuevo. ¿Es bueno o malo? Preguntó Manuel sintiendo como su estómago se contraía. Es diferente. La nueva jueza tiene fama de ser bastante estricta en casos de custodia. Se llama Elena Medina y acaba de llegar al distrito. Manuel se detuvo en seco. Elena no podía ser coincidencia. Recordó su rostro, su expresión de gratitud, la manera en que lo había mirado. Manuel, ¿sigues ahí? Sí, sí.
Solo me sorprendió el cambio. Mira, no quiero alarmarte, pero debemos prepararnos bien. Esta jueza es conocida por valorar mucho la estabilidad económica. Nuestros argumentos sobre tu vínculo emocional con los niños deberán ser impecables. Las palabras del abogado solo aumentaron su ansiedad. ¿Qué pasaría cuando Elena lo reconociera? ¿Se sentiría obligada a favorecerlo? o quizás sería más dura para compensar. Esa noche, mientras observaba las fotos de sus hijos en el pequeño apartamento que había alquilado tras la separación, Manuel se preguntó si aquella buena acción en la carretera cambiaría su destino de alguna manera.
Por primera vez en mucho tiempo sintió un destello de esperanza. No podía saber que aquel encuentro fortuito en una mañana de otoño sería solo el comienzo de un camino que transformaría su vida para siempre. Los días siguientes pasaron con una lentitud agonizante para Manuel. Cada mañana despertaba con el peso de la incertidumbre aplastando su pecho. La audiencia por la custodia se acercaba inexorablemente y la coincidencia de que Elena fuera la jueza designada para su caso, lo mantenía en un estado constante de ansiedad.
“¿Debería decirle algo a Raúl?”, se preguntaba mientras preparaba café en su pequeña cocina. El abogado tenía derecho a saber sobre aquel encuentro casual con la jueza, pero cómo explicarlo sin que sonara como un intento desesperado de manipulación. Ayudé a la jueza con un pinchazo y ahora espero que me favorezca. La frase, incluso en su mente sonaba terrible. El timbre de su teléfono lo sobresaltó. Era Claudia, su exesposa. Manuel, necesito cambiar el fin de semana con los niños, anunció sin preámbulos.
Tengo un compromiso importante y no puedo cancelarlo. Manuel cerró los ojos conteniendo la frustración. Los fines de semana con Martín y Lucía eran sagrados para él, el único tiempo que podía pasar con ellos. Claudia, ¿sabes lo importantes que son estos momentos para mí? ¿Crees que lo hago por gusto? Es una oportunidad laboral, Manuel. A diferencia de ti, algunos intentamos mejorar nuestras circunstancias. El comentario estaba diseñado para herirlo y lo logró. Manuel respiró profundamente antes de responder. Está bien.
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