Algo cambió en la expresión de Claudia. Por un instante, Manuel vislumbró a la mujer de la que se había enamorado años atrás, la que valoraba la integridad por encima de todo. Eres un idiota idealista. murmuró ella, pero el insulto carecía de su habitual veneno. Siempre lo ha sido. Lo tomaré como un cumplido respondió Manuel con una leve sonrisa. Aquella noche, mientras intentaba prepararse para la audiencia del día siguiente, Manuel recibió una llamada de Raúl. “Tengo noticias”, anunció el abogado, y algo en su tono hizo que Manuel se tensara.
He estado investigando sobre el juez Vega y es conocido por favorecer acuerdos de custodia compartida, siempre que ambos padres demuestren compromiso con el bienestar de los niños. Cree firmemente que los hijos necesitan a ambos progenitores en sus vidas. Manuel sintió como un peso se aligeraba en su pecho. Eso es bueno. No es excelente, Manuel. Y hay algo más. Me han informado extraoficialmente que la jueza Medina dejó una nota en el expediente antes de recusarse. No puedo saber qué decía, pero mi fuente indica que era positiva.
Manuel cerró los ojos abrumado por el alivio. No sabía que había escrito Elena, pero quería creer que había reconocido su integridad, su compromiso como padre. Gracias por avisarme, Raúl. No, Manuel. Gracias a ti por recordarme por qué elegí esta profesión. A veces, en medio de tantas batallas legales, uno olvida que se trata de personas reales, de vidas que se transforman con nuestras decisiones. Al colgar, Manuel se acercó a la ventana de su pequeño apartamento. La luna iluminaba tenuemente la ciudad dormida.
Mañana sería un nuevo día, una nueva oportunidad. No sabía cómo terminaría todo, pero por primera vez en mucho tiempo sentía esperanza. Había hecho lo correcto, aún a riesgo de perderlo todo. Y esa certeza, esa paz interior era algo que nadie podría arrebatarle jamás. La mañana de la segunda audiencia amaneció con un cielo despejado que contradecía la tormenta emocional en el interior de Manuel. Había dormido apenas unas horas, repasando mentalmente cada argumento, cada palabra que diría ante el juez Vega.
Esta podría ser su última oportunidad de conseguir más tiempo con sus hijos. Y el pensamiento lo aterraba y lo fortalecía a partes iguales. “Papá, ¿estás nervioso?” La voz de Raúl al teléfono lo sacó de sus cavilaciones mientras ajustaba su corbata frente al espejo. Tanto se nota. Te conozco, Manuel. Siempre has sido pésimo ocultando tus emociones, pero recuerda, tenemos un buen caso. Tu historial como padre es impecable y el juez Vega valora eso por encima de todo. Manuel asintió en silencio, aunque su abogado no podía verlo.
Es solo que hay tanto en juego, Raúl. Si pierdo, no pierdas energía imaginando escenarios negativos. Lo interrumpió Raúl con firmeza. Concéntrate en lo que puedes controlar, tu testimonio, tu actitud. El resto está fuera de nuestras manos. Las palabras de su abogado resonaron en su mente mientras conducía hacia el juzgado. Controlar lo que podía controlar. Había sido el mantra de su vida desde la separación, concentrarse en ser un buen padre durante los escasos momentos que pasaba con Martín y Lucía, sin amargarse por el tiempo perdido.
Al llegar, la sala ya estaba casi llena. Claudia conversaba en voz baja con Antonio, lanzándole ocasionalmente miradas cargadas de resentimiento. Manuel respiró hondo y se acercó a Raúl, que lo esperaba junto a la puerta. ¿Estás listo?, preguntó su abogado. Tan listo como puedo estar, respondió Manuel, sintiendo como su corazón se aceleraba. La puerta lateral se abrió y el juez Vega entró en la sala. Era un hombre de unos 60 años con una mirada serena que denotaba décadas de experiencia judicial.
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