Todos se pusieron de pie mientras él tomaba asiento. “Buenos días”, comenzó el juez. He revisado exhaustivamente el expediente de este caso y las recomendaciones de los servicios sociales. Antes de escuchar los alegatos finales, quiero dejar algo muy claro. Mi única prioridad en esta sala es el bienestar de los menores Martín y Lucía Gómez. Cualquier decisión que tome hoy estará guiada exclusivamente por lo que considere mejor para ellos. Pueden proceder. Antonio fue el primero en hablar, presentando argumentos que pintaban a Manuel como un padre cariñoso pero inconsistente, con recursos limitados y un futuro incierto.
Claudia, según su relato, ofrecía estabilidad, rutina y mejores oportunidades económicas. “Mi cliente no cuestiona el amor del señor Gómez por sus hijos,” concluyó Antonio. “Pero el amor no es suficiente para criar a dos niños. Se necesitan recursos, tiempo y estabilidad, algo que él simplemente no puede ofrecer en este momento. Cuando llegó el turno de Raúl, Manuel sintió que su futuro pendía de un hilo. Su abogado habló con pasión sobre su compromiso como padre, sobre cómo había reorganizado toda su vida para adaptarse a las necesidades de sus hijos tras la separación.
Señoría, dijo Raúl hacia el final, mi cliente no es un hombre rico ni pretende serlo. Es un trabajador honesto que ha demostrado una y otra vez que está dispuesto a sacrificarlo todo por sus hijos. La custodia compartida no solo es lo justo para él, es lo mejor para Martín y Lucía, que merecen tener a su padre presente en su vida diaria. El juez Vega escuchó atentamente tomando notas ocasionales. Su expresión era indescifrable. “Señor Gómez”, dijo finalmente, dirigiéndose directamente a Manuel.
“¿Tiene algo que añadir?” Manuel no había esperado tener la oportunidad de hablar. Miró brevemente a Raúl, quien asintió levemente, y luego se puso de pie. Señoría, no soy abogado y no conozco los tecnicismos legales”, comenzó sintiendo cómo le temblaba ligeramente la voz. Solo soy un padre que ama a sus hijos más que a nada en este mundo. Desde que nacieron, cada decisión que he tomado ha sido pensando en ellos. Manuel hizo una pausa buscando las palabras adecuadas.
Sé que no soy perfecto. Vivo en un apartamento pequeño, trabajo muchas horas y a veces llego agotado al final del día, pero mis hijos saben que pueden contar conmigo siempre para todo. Les leo antes de dormir, aunque esté exhausto. Los escucho aunque tenga mil preocupaciones en la cabeza. Intento enseñarles que el valor de una persona no está en lo que posee, sino en cómo trata a los demás. sintió como la emoción amenazaba con quebrarlo, pero se obligó a continuar.
No estoy pidiendo la custodia total. Respeto el papel de Claudia como madre y sé que ella también ama a nuestros hijos. Solo pido la oportunidad de seguir siendo su padre, no solo los fines de semana, sino en la rutina diaria, en los momentos pequeños que realmente importan. Manuel miró directamente al juez. Señoría, hace unos días tomé una decisión que podría haber perjudicado mi caso. Informé sobre un encuentro casual con la jueza Medina porque creía que era lo correcto.
Aunque mi abogado me advirtió que podría no favorecerme. Lo hice porque quiero que mis hijos crezcan, viendo que su padre actúa con integridad, incluso cuando es difícil. Esa es la lección más valiosa que puedo enseñarles. Un silencio profundo cayó sobre la sala. Manuel vio que Claudia bajaba la mirada como si sus palabras hubieran tocado algo en ella. “Gracias, señor Gómez”, dijo el juez Vega. “Tomaré un receso para deliberar. La sentencia se dictará en una hora.” La espera fue una tortura.
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