Padre soltero perdió el trabajo por ayudar a una anciana… sin imaginar que su nieta era millonaria…

El maestro de ceremonias llamó la atención de todos los presentes. Era el momento del intercambio de anillos, del compromiso oficial. Eduardo tomó su mano sonriendo para las cámaras que capturaban cada momento. Pero antes de que pudiera colocar el anillo en su dedo, Patricia retiró su mano. “No puedo hacer esto”, dijo. Su voz clara y firme, a pesar de que su corazón latía como un tambor. El silencio que cayó sobre el salón fue ensordecedor. Doentos pares de ojos la miraban con sorpresa y confusión.

“¿Qué dijiste?”, preguntó Eduardo, su sonrisa congelándose en su rostro. Dije que no puedo hacer esto. No puedo comprometerme contigo, Eduardo. Sería injusto para ambos. Tú mereces estar con alguien que realmente te ame y yo merezco estar con alguien a quien realmente ame. Patricia, ¿qué estás haciendo si seo su madre desde el lado? Estoy eligiendo mi propia vida, mamá. Por primera vez en mi existencia estoy tomando una decisión que es completamente mía. Estás cometiendo el mayor error de tu vida”, advirtió su padre con el rostro enrojecido por la humillación.

Tal vez, pero será mi error, no el tuyo. Y prefiero vivir con las consecuencias de mis propias decisiones, que vivir toda la vida preguntándome qué habría pasado si hubiera tenido el coraje de ser yo misma. Con esas palabras, Patricia se quitó el anillo de compromiso que había estado usando y lo colocó en la mano de Eduardo. Lo siento, Eduardo, realmente lo siento, pero esto no está bien para ninguno de nosotros. Y entonces, mientras 200 personas la observaban con una mezcla de horror y fascinación, Patricia caminó hacia la salida del salón.

Cada paso era un acto de valentía. Cada paso la alejaba de la vida que había conocido y la acercaba a una vida que tendría que construir desde cero. Cuando salió al estacionamiento, Luis estaba allí con los ojos muy abiertos por la sorpresa. Patricia, ¿qué hiciste? Elegí, Luis. Elegí mi propia vida. Elegí la posibilidad de ser feliz de verdad sobre la garantía de ser miserable en comodidad. Te elegí a ti. Se abrazaron en ese estacionamiento, ajenos al escándalo que se desarrollaba dentro del salón.

No sabían qué vendría después. No tenían un plan detallado. Solo sabían que enfrentarían lo que viniera juntos. Y así comenzó la parte más difícil de su historia. Los meses que siguieron fueron brutalmente desafiantes. La familia de Patricia cumplió su amenaza. Cortaron todo acceso a su dinero, cancelaron sus tarjetas, cerraron sus cuentas. De un día para otro, Patricia pasó de tener recursos ilimitados a no tener nada. Luis, fiel a su palabra, usó los ahorros que había acumulado trabajando en la construcción para ayudarla a alquilar un pequeño cuarto en una pensión cerca de su barrio.

No era mucho, apenas espacio para una cama y un escritorio, pero era suyo. Era su primer espacio verdaderamente propio. No estoy acostumbrada a esto, admitió Patricia la primera noche mirando las paredes descascaradas del cuarto. Lo sé y va a ser difícil, pero lo haremos juntos. Patricia comenzó a trabajar seriamente con sus clases particulares. Lo que había empezado como algo casual, ahora se convirtió en su sustento. Una estudiante se convirtió en dos, luego en tres. El boca a boca funcionaba lentamente, pero seguramente en el barrio.

Aprendió a cocinar comidas sencillas y económicas. Aprendió a lavar su propia ropa, a presupuestar cada peso, a encontrar alegría en cosas simples, como una taza de café compartida con Luis al final del día. Cada pequeña victoria era motivo de celebración. Luis trabajaba horas extras siempre que podía. Los fines de semana hacía pequeños trabajos de reparación para vecinos del barrio. Juntos apenas ganaban suficiente para cubrir lo básico, pero había una dignidad en ese esfuerzo conjunto que ninguno de los dos había experimentado antes.

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