Hubo momentos de duda, especialmente en las noches cuando el cansancio era abrumador y las cuentas se acumulaban. Hubo lágrimas, frustraciones, discusiones sobre dinero y sobre el futuro incierto que enfrentaban, pero también hubo momentos de profunda alegría. La primera vez que Patricia recibió pago por sus clases y pudo comprar ingredientes para hacer una cena especial, el día que Luis fue oficialmente promovido y su salario aumentó lo suficiente para considerar mudarse a un pequeño apartamento. La tarde que un padre de familia agradeció a Patricia con lágrimas en los ojos porque su hija finalmente había aprobado matemáticas.
Pasaron los meses y lentamente comenzaron a construir algo sólido. Patricia expandió sus clases, eventualmente consiguiendo un pequeño espacio en la iglesia gracias al padre Ramón. Luis continuó ascendiendo en la empresa de construcción, ganándose el respeto de sus compañeros por su ética de trabajo y honestidad. La reconciliación con su familia llegó gradualmente. Comenzó con la abuela, quien nunca había dejado de apoyarla en secreto. Luego su padre, quien después de meses de silencio, apareció un día para verla enseñar y se quedó observando con lágrimas en los ojos al ver la pasión con la que su hija ayudaba a los niños del barrio.
Estaba equivocado. dijo finalmente, “Pensé que te estábamos dando todo lo que necesitabas, pero lo que realmente necesitabas era la libertad de encontrar tu propio propósito. La madre tomó más tiempo, pero eventualmente también vino. Ver a su hija verdaderamente feliz, aunque sin lujos, fue más convincente que cualquier argumento. Un año y medio después de aquel día, en el estacionamiento del supermercado, Luis y Patricia se casaron en la misma iglesia donde ella había empezado a dar clases. La ceremonia fue simple, decorada por las manos amorosas de toda la comunidad del barrio.
No había champa costoso ni flores importadas, pero había amor genuino, risas sinceras y una celebración de dos personas que habían tenido el coraje de construir su propia historia. La abuela fue la madrina especial, recordando a todos como un simple acto de bondad había desencadenado esta transformación hermosa. Con el tiempo, el proyecto educacional de Patricia creció. Con algo de ayuda familiar y mucho trabajo duro, logró expandir sus servicios, ofreciendo clases gratuitas a niños necesitados mientras mantenía suficientes estudiantes particulares para sostenerse.
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